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Ser vistos

Mtra. Irasel Negrete Ronzón

«El deseo más profundo de la naturaleza

humana es la necesidad de ser apreciado.» —

William James 

Hay personas que pasan frente a nosotros todos los días sin que nos demos cuenta de su presencia, coincidimos con ellas en las calles, en el trabajo, en la escuela o en los espacios que frecuentamos; compartimos momentos y lugares, pero no siempre llegamos a encontrarnos verdaderamente y, sin embargo, algo tan sencillo como una mirada amable, un saludo o una palabra de reconocimiento puede transformar el día de alguien.

Esto me lleva a pensar en una necesidad profundamente humana de la que quizá hablamos poco: todos necesitamos sentir que somos vistos, escuchados y tomados en cuenta. No se trata de buscar protagonismo ni de necesitar la aprobación constante de los demás, se trata de algo mucho más esencial: saber que nuestra presencia importa, que nuestras palabras tienen un lugar y que existimos para alguien más allá de nuestras responsabilidades, nuestros logros o aquello que podemos ofrecer.

La psicología ha estudiado ampliamente la importancia del sentido de pertenencia y de las relaciones significativas para el bienestar emocional, está comprobado que sentirnos aceptados y valorados puede fortalecer nuestra autoestima, favorecer la confianza y ayudarnos a relacionarnos de manera más saludable. Por el contrario, cuando la indiferencia se vuelve una experiencia constante, podemos comenzar a sentir que nuestra voz no tiene importancia o que nuestros esfuerzos pasan inadvertidos.

Mirar es un acto cotidiano mientras que ver verdaderamente a alguien implica reconocer su individualidad, es escuchar sin estar preparando nuestra respuesta, preguntar cómo está una persona y detenernos a escuchar, reconocer un esfuerzo aunque no haya producido un resultado extraordinario, recordar que detrás de cada función, responsabilidad o apariencia existe una historia que desconocemos.

Quizá uno de los grandes desafíos de nuestra época sea recuperar esa capacidad de atención, porque estamos permanentemente conectados, pero no necesariamente presentes; podemos intercambiar mensajes durante todo el día y, al mismo tiempo, sentir que nadie nos escucha realmente. Por eso considero que aprender a estar presentes es también una forma de generosidad, ya que cuando dedicamos atención genuina a alguien, le comunicamos algo que no siempre necesita expresarse con palabras: tu presencia tiene valor para mí, y esa experiencia puede fortalecer un vínculo, devolver confianza o hacer más llevadero un día difícil.

¿Y qué sucede cuando somos nosotros quienes sentimos que nadie nos toma en cuenta? A veces esperamos que los demás descubran nuestras necesidades sin expresarlas, guardamos silencio, ocultamos nuestras emociones o dejamos de participar porque pensamos que nuestra opinión no será importante, sin embargo, construir relaciones significativas también requiere permitir que otros nos conozcan; expresar lo que sentimos, compartir nuestras ideas, pedir compañía o reconocer que necesitamos ser escuchados no nos hace débiles, al contrario, nos permite abrir espacios para una conexión más auténtica y  es que también necesitamos aprender a distinguir entre buscar reconocimiento y depender de él.

Es natural desear que nuestro esfuerzo sea valorado, pero nuestra dignidad no puede quedar condicionada a la atención que recibimos. Que alguien no reconozca nuestro valor no significa que ese valor no exista, por eso resulta importante cultivar una relación respetuosa con nosotros mismos, reconocer nuestros avances y buscar vínculos donde exista interés, reciprocidad y consideración. No podemos obligar a otros a mirarnos con atención, pero sí podemos decidir dónde deseamos construir relaciones y cómo queremos participar en ellas.

El reconocimiento también transforma a quien lo ofrece, porque existe algo especialmente valioso en todo esto: reconocer a los demás también nos transforma y es que tal vez una de las necesidades más profundas del ser humano no sea llamar la atención, sino encontrar espacios donde pueda existir sin sentirse invisible.

No necesitamos ser importantes para todo el mundo. Pero todos merecemos encontrar personas ante quienes nuestra presencia importe. Y todos podemos convertirnos en alguien capaz de ofrecer ese reconocimiento a los demás.