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El derrame de hidrocarburos y el Giges Platónico

El derrame de hidrocarburos y el Giges Platónico

Por Arturo Pozos

Cuenta Platón en uno de sus diálogos más inquietantes, la historia de Giges, un hombre común que al encontrar un anillo capaz de volverlo invisible, descubre algo más peligroso que el poder mismo: la impunidad. Lo que en un inicio parecía un don, pronto se convierte en oportunidad de abusar. Giges, el hombre más pulcro en su conducta termina por corromperse; roba, manipula, traiciona al rey, todo esto porque nadie podía verlo. Nadie podía exigirle cuentas.

La lección es clara: cuando el poder se ejerce sin vigilancia, la moral comienza a diluirse. Hoy, frente al presunto derramamiento de hidrocarburos en Tabasco y Veracruz, esa antigua historia parece adquirir una vigencia indignante, claro que se comprende como indignante por la reacción de quienes tienen la responsabilidad de responder. Porque lo que se ha observado es una inclinación casi automática a deslindarse.

El discurso oficial ha optado por un camino ya conocido: negar y matizar que no fue Petróleos Mexicanos quien provocó el incidente. Pero en política, la negación se vuelve una forma
elegante de posponer la verdad. Y aquí es donde el problema deja de ser técnico y se vuelve profundamente político. Porque incluso si se comprobara que el derrame no tuvo origen directo en Petróleos Mexicanos, la responsabilidad del Estado no desaparece.

Empero, lo que se percibe es otra cosa. Se percibe una lógica peligrosa: la del poder que se protege a sí mismo antes que a la ciudadanía. La del aparato que administra versiones a la conveniencia de los colores políticos y con ello la transparencia comienza a erosionarse. Y entonces, inevitablemente, volvemos a Giges. Las personas que gobiernan el país comienzan a actuar como si nadie estuviera mirando lo que hacen. El anillo de Giges es la metáfora de todo poder que se ejerce sin límites, sin vigilancia, sin consecuencias.

La historia de Platón sigue recordándonos que ningún hombre, ningún gobierno, debería concentrar tal grado de poder que pueda permitirse actuar sin ser cuestionado, porque tarde o temprano, incluso el más pulcro, termina cediendo a la sombra.