Reflexión sobre Las Nubes de Aristófanes
Por Arturo Pozos Sol
Hay una ironía exquisita en cumplir veintitrés años justo después de haber cerrado las páginas de Las nubes de Aristófanes. Uno se acerca a los clásicos esperando encontrar grandes y solemnes verdades cósmicas, empero, lo que devuelven es un espejo brutalmente nítido, y en el caso de Aristófanes cómico, de nuestras propias contradicciones. Hoy, que el calendario me exige sumar un año más a la cuenta personal, no puedo evitar sentirme atrapado en el mismo escenario donde, hace más de dos milenios, un padre angustiado y un hijo insolente debatían el sentido de la vida.
El corazón de la obra ateniense late al ritmo de un choque generacional. Por un lado, tenemos a Estrepsíades, la encarnación del pragmatismo y el peso de la vida adulta: las cuentas por pagar, las obligaciones ineludibles y la desesperación de un padre que debe mantener el barco a flote. Por el otro, a su hijo Fidípides, el retrato vivo de la juventud (nuestra) moderna: arrogante, fascinado por las nuevas tendencias, reacio a las normas tradicionales y convencido de que su afilada retórica puede burlar cualquier compromiso.
La mejor de las comedias de llegar a los veintitrés años, es descubrir que el debate ya no ocurre entre tú y el mundo exterior. El debate se vuelve intrínseco, ocurre hacia adentro. A esta edad, uno descubre con asombro que ya no es únicamente Fidípides.
Al mirarme al espejo hoy, reconozco que la transición ha comenzado. Sigo teniendo el ímpetu del hijo: la rebeldía intelectual que cuestiona las formas establecidas, la sed de reinventar los espacios y la necesidad vital de discutir ideas en el aire. Pero, irremediablemente, ha empezado a despertar en mí un joven Estrepsíades. Las exigencias profesionales, la coordinación de proyectos y las responsabilidades operativas actúan como un recordatorio implacable de que la vida no se sostiene únicamente de sofismas y buenas intenciones.
Se convierte en una guerra civil silenciosa (como la guerra del Peloponeso). Una mitad de mi mente quiere subir al «Pensadero» con Sócrates, suspenderse en una canasta y perderse en la abstracción de la teoría pura, ignorando las manecillas del reloj. Empero la otra mitad tiene la agenda en la mano, los pies firmemente anclados en la tierra y la urgencia de materializar esas ideas; la necesidad de que los proyectos caminen, de que mis publicaciones vean la luz y de que el trabajo rinda frutos reales.
Crecer, me doy cuenta en este cumpleaños, no se trata de permitir que el viejo pragmático asesine al joven soñador. Tampoco se trata de dejar que el joven incendie la casa del viejo en un arranque de soberbia, como ocurre en las páginas de Aristófanes. La verdadera madurez a los veintitrés años es lograr lo que los griegos no pudieron en esa comedia: sentar a Estrepsíades y a Fidípides en la misma mesa y obligarlos a dialogar.
Hoy soplo las velas aceptando esta dualidad. Brindo por la responsabilidad que construye y por la insolencia que innova. Brindo por la capacidad de dirigir con seriedad, pero también por el permiso para seguir mirando al cielo buscando respuestas. Y, sobre todo, brindo por no perder nunca la capacidad de reírme de mí mismo, porque si algo nos enseñó Aristófanes hace más de dos mil años, es que la solemnidad absoluta es el primer paso hacia el ridículo.
Felices veintitrés a mis dos mitades.

