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Las universitarias morelenses​

"Pero el horror les alcanzó. Van cinco feminicidios de estudiantes universitarias de abril de 2025 a la
fecha. El último fue el de la estudiante canaria de intercambio, Claudia Tacoronte". Foto
«Pero el horror les alcanzó. Van cinco feminicidios de estudiantes universitarias de abril de 2025 a la fecha. El último fue el de la estudiante canaria de intercambio, Claudia Tacoronte». Foto Cuartoscuro / archivo

La edad de las universitarias morelenses oscila entre los 25 y 17 años. Nacieron entre 2001 y 2008, en un contexto en que la urbanización salvaje rompía los vínculos de las comunidades. Su infancia se desarrolló en medio de megatiendas y malls. No tuvieron muchos parques ni espacios culturales donde recrearse.

Eran todavía bebés cuando las desapariciones y asesinatos comenzaron a ser la nota diaria en la entidad. Daban sus primeros pasos cuando fue asesinado un importante narcotraficante cuyo cadáver repleto de billetes se presentó en los medios como trofeo. La gente dice que luego de eso, terminó de podrirse todo.

Jugar en la calle fue para la mayoría de ellas tan sólo el cuento que narraban sus padres y abuelos. Se divertían entre rejas y cuidados extremos. Crecieron en un ambiente donde ver transitar policías y militares armados hasta los dientes era lo más normal; que había toques de queda; zonas intransitables y municipios que no se podían pisar.

Tomaban conciencia del mundo en la primaria, cuando el asesinato de Juan Francisco Sicilia Ortega, el hijo de un poeta, conmocionó al país entero. Quizás fueron las primeras veces que vieron en la televisión a grandes multitudes protestando. Jugaban a ser médicas, maestras o artistas cuando una estudiante de siscología fue desaparecida y asesinada.

Se llamaba Viridiana Morales Rodríguez. La mayoría no supo esa historia, hasta que años más tarde vieron su rostro en un mural de su futura universidad. Algunas cursaban ya la secundaria mientras otras apenas ingresaban a la primaria cuando oyeron el nombre de su alma mater a causa del asesinato de un profesor, Alejandro Chao Barona, y su esposa, Sarah Rebolledo Rojas. También les comenzó a resonar la palabra Ayotzinapa y una cifra: 43, acompañada de la palabra justicia.

Las que vivían en Jojutla y Cuautla se enteraron que muy cerca de sus casas había fosas clandestinas cavadas por la propia fiscalía. Un año más tarde, la gente del Oriente supo, o tal vez no, que un muchacho que organizaba a la gente por vivienda y tierra fue degollado. Se llamaba Gustavo Salgado Delgado.

En medio de los dramas de su adolescencia se enteraron que a las mujeres las matan por el hecho de ser mujeres y que existe ya una palabra para nombrar ese horror: feminicidio. Ya tenían la mayoría de edad unas, y otras estaban por ingresar a la secundaria cuando aprendieron que la gente que lucha por los bienes comunes podía ser asesinada, y que ese crimen quedaría impune. Fue en 2019 cuando mataron a Samir Flores Soberanes en Amilcingo.

Comenzaron a ver afiches con rostros de muchachas y de jóvenes joviales pegados en los muros y postes de las calles con la leyenda “Se busca”. Para algunas de ellas, a sus tempranas edades, ya veían como algo normal que la muerte no fuese propiedad de los ancianos, sino que ella se repartía entre todas las edades.

Les tocó cursar la secundaria o la preparatoria a distancia. Confinadas en sus casas. Un poco asfixiadas. En condiciones muy difíciles, con mala señal de Internet y fallas eléctricas, pudieron terminar sus estudios y comenzaron a soñar con su profesión. A pesar de todo, algunas de ellas, muy pocas, lograron entrar a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la de mayor prestigio.

Tienen sueños y proyectan hacer una carrera para ser mejores personas y tener una vida digna. Sus familias lograron pagar la cuota semestral y hacer mil y un esfuerzos para que puedan estudiar. Algunas de ellas trabajan para pagar sus estudios. Pero el horror les alcanzó. Van cinco feminicidios de estudiantes universitarias de abril de 2025 a la fecha.

El último fue el de la estudiante canaria de intercambio, Claudia Tacoronte, ultimada afuera de la Casa de Cultura de Cuautla el sábado 12 de septiembre. Y por eso están en la calle hoy. Ya hicieron una huelga hace unos meses. Se definen feministas. Pintan bardas, se tapan el rostro e imitan a las mujeres poco más grandes que ellas que han poblado los 8 de marzo y los 25 de noviembre y que son condenadas y calumniadas por algunos políticos y medios.

Sienten rabia e indignación. Se están organizando. Necesitan organizarse más y seguir luchando, porque frenar los feminicidios no es un objetivo fácil. Pero están convencidas que lo pueden alcanzar. Lo menos que pueden hacer las autoridades es escucharlas y atender sus demandas.

*Filósofo, coordinador de las Obras escogidas de Fernando Martínez Heredia