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Las campeonas olvidadas del fútbol | Luis Gerardo Martínez

Por Luis Gerardo Martínez García

Miles de mujeres hacen rodar el balón en México, ahí en las zonas rurales, a campo traviesa: olvidadas por propios y extraños.

Mujeres futbolistas que empezaron a jugar con sus hermanas y hermanos, vecinos, compañeros de escuela, y jamás pararon. Mujeres que, tal vez sin planearlo, han luchado por la visibilización de su presencia y de sus compañeras en contra de todos los estereotipos del siglo pasado y del actual.

Campeonas futbolistas que han luchado por lo lúdico básicamente. Mujeres que decidieron jugar en una cancha exclusiva de hombres, decían algunos narradores.

Mujeres que se han tenido que pagar sus gastos porque ni su participación ni su existencia están en las políticas públicas gubernamentales, ni en la agenda deportista de las grandes empresas.

Excluidas, marginadas, tachadas, estereotipadas, agredidas, agraviadas, violentadas y hasta olvidadas; ellas son nuestras campeonas futboleras de pueblos y rancherías, barrios y calles.

Esas que nunca jugaron ni jugarán en un campo profesional o semiprofesional, mucho menos pisarán un estadio; menos aún en un campeonato estatal o nacional. Ellas estarán fuera de la jugada porque no existen ni son rentables política ni socialmente.

Martha es un ejemplo claro. (Seguro que existen muchas Marthas así). Ella nunca fue a una escuelita de futbol femenil, ni llevó una dieta especial; tampoco usó tenis especiales ni fue atendida por un médico especializado; nunca fue impulsada por nadie, jamás recibió un peso para solventar sus gastos. Sin embargo, su pasión y entrega siempre fueron jugar al fútbol.

Martha siempre jugó, desde niña, los fines de semana en la zona de La Joya, Las Vigas y Perote, por el hecho de jugar, participar, estar. En ese tiempo, no muy lejano, si acaso recibía 50 a 100 pesos por cada partido jugado.

Fuera de eso, ningún alcalde le entregó reconocimiento alguno, jamás fue invitada por diputada alguna, nunca una autoridad deportiva la invitó a ser partícipe de un programa deportivo, nadie le ofreció seguridad social para protegerla física y psicológicamente. Martha, aún así, jamás dejó de participar.

Eso si, su mamá y la gente del pueblo le reconocían con aplausos, porras y abrazos. Las amigas y amigos la invitaban a los partidos porque sabían que con ella siempre ganaban sus equipos y llenaban las gradas (en caso de haber). Hasta cuatro partidos por fin de semana se disputaba con un equipo o con otro, muchas veces sólo por jugar, y ganaba.

Hoy, Martha y muchas mujeres jugadoras no existen: no están en un padrón del deporte nacional, estatal o municipal; no son un número porque ni en las estadísticas están; tampoco estarán en las páginas de la historia, al menos que algún historiador les valore en su justa dimensión.

Las olvidadas no son más que jugadoras de rancho. Y aunque nos han regalado alegrías, triunfos, trofeos, encuentros, fiestas y algarabía, las mujeres futbolistas seguirán luchando por su visibilización, contribuyendo en la lucha por estar en la cancha social, con un balón político y unas compañeras aliadas. Martha es un ejemplo de muchas Marthas en México.

Un abrazo a mi hermana Martha.