El pensamiento propio ante la Inteligencia Artificial
POR: Gilberto Nieto Aguilar
Esta mañana, millones de personas hicieron exactamente lo mismo: antes de pensar, preguntaron a una inteligencia artificial. Un estudiante solicitó una tarea. Un profesionista pidió un informe. Un maestro preparó una clase. Un periodista resumió una investigación. Esto parece un avance extraordinario. Seguramente lo es. Pero esa escena cotidiana encierra una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando dejamos de pensar… antes de preguntar?
Nos plantea, con bastante seriedad, el papel insustituible del ser humano frente a la tecnología. El pensamiento nos concede una libertad extraordinaria para elegir, disentir, resistir, crear, imaginar y construir nuestro propio juicio. Pensar por uno mismo no es únicamente una habilidad intelectual; es el fundamento de la libertad. Quien deja que otros decidan qué creer, qué opinar o qué concluir, termina renunciando, poco a poco, a la responsabilidad de gobernar su propia conciencia. Ningún algoritmo puede reemplazar esa tarea.
Hay que replantearse con toda calma qué significa, en este tiempo apenas inaugurado por la inteligencia artificial, qué es pensar por uno mismo cuando corremos el riesgo de nuestra propia inteligencia reduciendo su capacidad de elaborar ideas, formular juicios, construir razonamientos, y producir pensamientos cada vez más profundos, originales y precisos. Es éste, uno de los grandes desafíos humanos del siglo XXI.
La mayor amenaza de la Inteligencia Artificial no consiste en que las máquinas aprendan a pensar, sino en que los seres humanos renunciemos lentamente ─casi sin darnos cuenta─ al ejercicio del pensamiento propio. Entonces ¿Estamos utilizando una extraordinaria herramienta para potenciar nuestra inteligencia o estamos comenzando a sustituirla por la comodidad de obtener respuestas inmediatas, con un simple clic?
Las ciencias cognitivas ya nos enseñaron que la inteligencia se cultiva y se desarrolla, pero debe ser ejercitada. Entre más compleja sea su encomienda, mayor será el resultado. Nunca la humanidad había dispuesto de tanta información ni había obtenido respuestas con semejante facilidad. Sin embargo, la abundancia de respuestas no garantiza la calidad del pensamiento. Formular preguntas inteligentes y analizar respuestas pertinentes, sigue siendo un acto profundamente humano. Pensar no consiste únicamente en formular preguntas, sino en construir el criterio que nos permita decidir cuáles respuestas merecen ser aceptadas.
Para muchos, pensar siempre ha sido incómodo. Exige conocer, leer, escuchar, preguntar, dudar, comparar, equivocarse, rectificar, confrontar ideas. Pensar consume tiempo y esfuerzo. Las respuestas automáticas de la IA son seductoras precisamente porque eliminan ese esfuerzo. Cabe preguntarse qué dirían Descartes, para quien la duda era el punto de partida del conocimiento, y Sócrates, cuya enseñanza consistía precisamente en hacer mejores preguntas antes que ofrecer respuestas.
La inteligencia artificial no destruye el pensamiento, pero lo adormece porque dejamos de ejercitarlo. La memoria se atrofia si deja de usarse. Lo mismo ocurre con la imaginación y la creatividad, con el juicio y la capacidad crítica. Los creadores de la IA afirmarían que ninguna herramienta vuelve débil al ser humano, pero sí lo vuelve débil el abandono voluntario de las facultades que deja de ejercitar.
La inteligencia artificial seguirá creciendo. Resolverá problemas que hoy parecen imposibles y abrirá horizontes extraordinarios para la ciencia, la medicina y la educación. Pero hay una tarea que ninguna máquina podrá asumir por nosotros: decidir qué clase de seres humanos queremos ser. Quizá el verdadero desafío de este siglo no sea construir inteligencias artificiales cada vez más poderosas, sino mantener viva la inteligencia moral, crítica y creadora que nos hace auténticamente humanos.
gnietoa@hotmail.com

