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Estados Unidos: el turno del ofendido

"Esta elección ha demostrado, entre muchas otras cosas, cuánto filo y eficacia ha perdido el discurso del macartismo, el machismo, la xenofobia, el…
«Esta elección ha demostrado, entre muchas otras cosas, cuánto filo y eficacia ha perdido el discurso del macartismo, el machismo, la xenofobia, el chovinismo, la islamofobia y la paranoia basada en las ‘amenazas antiestadunidenses’”. Foto Ap

Sería un error y una injusticia considerar que los resultados de las elecciones realizadas el martes pasado en Estados Unidos fueron un simple vuelco hacia el Partido Demócrata o un movimiento pendular más del bipartidismo ancestral que controla el poder público en ese país. Más aún, la cúpula tradicional demócrata –la de los clanes Clinton y Obama, la de Kamala Harris, la de los líderes legislativos Charles Ellis Schumer y Hakeem Jeffries– llegó a los comicios tras una serie de derrotas a manos de movimientos emergentes inspirados por Jesse Jackson y Bernie Sanders, entre otros, que cuestionan la generalidad de una esfera política que no sirve a la gente, sino a los grandes capitales, y que en la más reciente deriva del trumpismo le declaró la guerra al mundo en general y a la población de Estados Unidos en particular.

Es, como el título del poemario de Roque Dalton, el turno del ofendido y, en este caso, de los múltiples ofendidos por una presidencia corrupta, criminal, desquiciada y carente del menor rastro de empatía. Fue el turno, en primer lugar, de las grandes masas depauperadas sobre las cuales las disparatadas estrategias económicas de Donald Trump colocaron cargas adicionales de carestía, desempleo, pérdida o deterioro de servicios esenciales y desesperanza generalizada. En el país vecino, cientos de miles de personas trabajadoras se han quedado sin posibilidad de pagar el alquiler de una vivienda y pernoctan en sus automóviles o en cuartos de motel adaptados para albergar a una familia completa. Millones carecen de los ingresos necesarios para hacer frente a una emergencia médica y las clases media, media baja y baja simplemente no pueden sufragar los costos de la educación universitaria para sus hijos. Mientras el descontrolado mandatario justificaba el derroche de decenas de miles de millones de dólares en la guerra iniciada y perdida por él en contra de Irán, el gobierno estadunidense no tenía dinero para garantizar los derechos esenciales de su población.

Y fue el turno de las comunidades discriminadas por siglos, despojadas de sus tierras y de sus derechos y, en años recientes, perseguidas con una saña policial que ha llegado al asesinato. Es poco relevante la diferencia entre “nativas estadunidenses”, “latinas”, “hispánicas”, “mexicanas” o “pueblos originarios”, porque a fin de cuentas, todas ellas han sido víctimas del robo territorial, de la opresión que ha buscado suprimir su cultura y del segregacionismo anglosajón. Ilustra este hecho el que no pocos native americans han sido confundidos con mexicanos y secuestrados en la vía pública durante las redadas paramilitares del ICE.

Y fue el turno de las mujeres, de los afroestadunidenses, de las minorías religiosas y de la diversidad sexual, en fin, de quienes han padecido los atropellos de una presidencia intolerante, reaccionaria, moralina y claramente falocrática. No es casual que en la nueva camada de gubernaturas, senadurías y representaciones progresistas destaquen las mujeres, los descendientes de mexicanos, la que procede de la comunidad negra, el que profesa la religión islámica, el gay asumido. Esta elección ha demostrado, entre muchas otras cosas, cuánto filo y eficacia ha perdido el discurso del macartismo, el machismo, la xenofobia, el chovinismo, la islamofobia y la paranoia basada en las “amenazas antiestadunidenses”.

En su afán de preservar el momento MAGA de 2024, Trump acabó por destruirlo y, de paso, sembrar la semilla de la destrucción del bipartidismo oligárquico y plutocrático que ha dominado la vida política estadunidense durante siglos. Ha quedado abierta la posibilidad del asalto al cielo por medio de rebeliones electorales en contra de los billonarios que hace apenas unos meses se sentían los dueños inamovibles del planeta. El martes pasado, la gente común, la que genera la riqueza, la que padece la corrupción insaciable y los extravíos decisorios de los gobernantes, acudió masivamente a las urnas para reclamar su lugar en el mundo.

Se ha abierto así una rendija de esperanza para Estados Unidos. Tal vez, sólo tal vez, esa nación, fundada hace 200 años como una paradoja extrema –la de una repúblicaclavista que enarbolaba el lema de la libertad–, todavía sea susceptible de redención y regeneración y que, como escribió Roque, “la rosa ciegue a los campeones de tiro”. Ojalá que no sea demasiado tarde.

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