¿Quién necesita leer cuando ya todos opinan?

POR: Arturo Pozos Sol 

Vivimos en una época que fluye sin forma, como agua derramada sobre mármol; una era donde la verdad ha sido reducida a disfraz, a un adorno en el teatro caprichoso de los algoritmos. Hoy, opinar ya no es un acto reflexivo, sino una costumbre, un impulso automático, algo tan frecuente como respirar y tan hueco como el eco de un suspiro lanzado al vacío.

No se trata de pensar, sino de decir algo, cualquier cosa, pero siempre antes que los demás. Se grita primero, se razona después (cuando se razona, que ya es raro). Hemos vuelto el juicio una especie de objeto de consumo, y la palabra se ha convertido en moneda corriente, de esas que pierden su valor apenas rozan el teclado.

Es cierto que las redes sociales ofrecieron voz a todos. En principio, aquello parecía una bendición. Democracia del discurso, lo llamaban algunos. Pero con el tiempo, se nos fue colando una ilusión peligrosísima: creer que toda voz debía ocupar el mismo sitio, tener el mismo peso y gozar del mismo crédito. Leer, estudiar, detenerse a comprender¿quién necesita tales cosas? Lo importante hoy parece ser lanzar una frase filosa, emitir una opinión que corte o, al menos, brille. Si va acompañada de una bandera moral bien visible en la biografía, mejor. Lo viral ha venido a suplantar a lo veraz, y la velocidad ha vencido sin pudor a la profundidad.

Los libros, esos testigos polvorientos y nobles, asisten en silencio a este espectáculo. No emiten notificaciones, no gritan, no regalan corazones virtuales. No cambian de portada cada quince minutos. Lo que ofrecen es otra cosa: paciencia. Y si me lo permiten, digo que ofrecen una lección aún más profunda: humildad. Humildad para escuchar, para demorarse, para entender sin necesidad de responder de inmediato.

Porque leer, cuando se hace de veras, no es un pasatiempo de salón, sino una especie de batalla tranquila. Es un acto de entrega. Reconocer que alguien (quizá muerto hace siglos) puede enseñarte algo. Es inclinar la cabeza, abrir el pecho y perderse en una página sin urgencia por llegar a su fin. Leer es peligroso. Lo digo en serio. Puede romperte ideas, trastocar convicciones, arrancarte certezas que creías tuyas desde la infancia. Leer no siempre confirma, a veces niega.

Y en este mundo donde la rapidez manda y la razón debe tenerse antes del minuto, eso resulta imperdonable.

Por eso, desde esta trinchera sin recreo, sin lentejuelas ni simulaciones, alzamos la voz. No para añadir otra opinión a la multitud (Dios nos libre de eso), sino para leer con más hondura. Para recordar que la palabra, cuando nace del silencio y no del espectáculo, todavía puede conmover, estremecer y hasta despertar mundos dormidos.

Debemos de volver a comprender y a enseñar que leer no es lujo. Es resistencia. Y en esta época cansada, resistir también es leer.