Levántate del sofá: el gimnasio como escuela de carácter
POR: Arturo Pozos Sol
Habitamos una época que parece una broma del destino: nunca el ser humano gozó de tantas comodidades y, no obstante, pocas veces se sintió tan exhausto. La silla, el automóvil y la pantalla han convertido en sedentarios a cuerpos forjados, en otros tiempos, para el movimiento. Y el sedentarismo no sólo debilita los músculos; también adormece el ánimo, marchita el temple, encoge el carácter.
Conviene traer a la memoria el origen de la palabra gimnasio. Procede del griego gymnasion, nacida a su vez de gymnos, desnudo. No se trataba de exhibicionismo alguno, sino de un principio profundo: el cuerpo, libre de ornamentos y máscaras, debía mostrarse tal cual era, fuerte o débil, ágil o torpe, para poder ser educado y disciplinado. En la Hélade clásica, el gimnasio no era un salón adornado con espejos ni repleto de hierros; era un espacio en el que la juventud se ejercitaba tanto en la lucha y el atletismo como en la filosofía. Platón y Aristóteles sabían bien que un cuerpo indolente termina por embotar la mente.
El gimnasio griego fue una suerte de templo civil. Allí no sólo se templaban los músculos para la guerra, sino también el espíritu para el gobierno de la ciudad. Hoy, sin embargo, lo hemos degradado a un recinto donde se pule la vanidad, cuando debiera ser el antídoto contra la vida sedentaria, el hogar del esfuerzo, de la disciplina y de la dignidad.
Aun en tiempos modernos, surgieron figuras que recordaron esta verdad. Mike Mentzer, fisicoculturista y pensador del entrenamiento, insistió en que el desarrollo físico debía obedecer al intelecto y no a la simple obsesión estética. Su defensa de la intensidad frente a la cantidad de ejercicio nos recuerda que entrenar el cuerpo es, en el fondo, entrenar la voluntad.
Si algo nos enseña la historia es que el cuerpo no es un mero ropaje del alma, sino su compañero más fiel. Quien fortalece sus miembros fortalece también su carácter. Por eso urge comprender que el ejercicio no es simple pasatiempo, sino deber personal y, hasta cierto punto, cívico.
La modernidad ha domesticado al hombre para vivir sentado, mirando pantallas. Tal vez ha llegado la hora de aprender de los antiguos y reconocer que una sociedad vigorosa no puede surgir de cuerpos lánguidos y ociosos. El gimnasio, entendido en su sentido más alto, no es únicamente un lugar de entrenamiento físico, sino un recordatorio solemne: la grandeza de una cultura comienza por la disciplina de sus ciudadanos.

