La decadencia del pensamiento crítico en redes sociales
Por Arturo Pozos Sol
Decir no es lo mismo que pensar. Gritar, por su parte, jamás equivaldrá a argumentar. Y
compartir, tal como ahora lo entendemos, no garantiza en absoluto que haya comprensión
alguna.
Vivimos una época en la que la palabra parece más libre que nunca y, sin embargo, el
pensamiento ha caído en un estado de sumisión cada vez más penoso. Nunca, en la
historia de la especie, había existido tanto acceso para opinar, tan escasas condiciones
para reflexionar y tan poca disposición, incluso humildad, para guardar silencio cuando
no se tiene nada que decir. En los cafés de antaño se debatía con cierto decoro; hoy, en
las plataformas digitales, se impone la consigna, la consigna hueca y malograda. El “yo
opino” ha devenido en escudo contra cualquier evidencia, y aquella noción tan noble de
libertad de expresión ha sido reducida, tristemente, a una forma muy altanera de
ignorancia.
No hay disputa en ello: que la palabra se haya democratizado constituye, sin duda, un
logro social. Que todo individuo tenga voz y medio para hacerse escuchar, resulta
esperanzador. Pero en el camino hemos olvidado una verdad de perogrullo: el mero hecho
de hablar no convierte a nadie en pensador, y opinar sin saber no es ningún acto de
rebeldía, sino una temeridad.
La opinión sin estudio se ha vuelto un acto de tiranía colectiva. Basta que alguien profiera
con aplomo “yo no creo en la ciencia” para que toda una comunidad de expertos tenga
que detenerse (en nombre del rigor y de la buena voluntad) a explicarle, una vez más, por
qué la Tierra no es plana, por qué el virus no fue creado en un laboratorio secreto, por qué
el menjurje de la abuela no puede, ni debe, sustituir a la medicina clínica.
Y si el científico se rehúsa a responder, se le tilda de soberbio. Si responde con firmeza,
lo acusan de arrogante. Si guarda silencio, pierde el debate en la arena pública frente al
influencer de voz sedosa y bibliografía ausente.
Tal es nuestro presente: la verdad se mide en “me gusta”, la ocurrencia se antepone al
método y el saber debe, para no ofender, humillarse ante la ignorancia militante. Es, sin
más, la triste venganza de quienes no quieren aprender, pero sí ser escuchados como si
hubieran aprendido algo.
Hay una falacia que circula impune en estos entornos virtuales: la de suponer que todas
las ideas valen lo mismo, con tal de que existan. Como si poner en duda el cambio
climático tuviera el mismo peso que décadas enteras de evidencia empírica. Como si un
video casero editado con efectos llamativos pudiera discutirse de tú a tú con un ensayo
revisado por pares.
Pero lo que enfrentamos no es solamente una crisis de información (aunque también lo
sea), sino una crisis más honda: una crisis epistemológica. Se está desdibujando el respeto
por el conocimiento. Se desdeña el proceso largo, imperfecto y casi siempre ingrato de
buscar la verdad con paciencia. Se olvida que no todas las voces están igual de formadas,
que no todas las opiniones gozan de igual legitimidad, que hay saberes que exigen más
que intuición; exigen formación, rigor, memoria.
En esta Revista sin Recreo no pretendemos silenciar a nadie. Pero sí creemos necesario
recordar que opinar, especialmente cuando se hace desde un lugar público, no es un acto
inocente. Que hay una responsabilidad moral en el hecho de hablar. Y que emitir juicios
sin fundamentos puede, en ciertas circunstancias, resultar tan nocivo como mentir con
alevosía.
No, no es elitismo pedir precisión. Es reverencia por la verdad. No es censura invitar al
silencio a quien no ha leído, a quien repite sin verificar, a quien habla sólo porque el ruido
da visibilidad. No todo debe decirse. Y no todo el que calla está oprimido; a veces el
silencio es la forma más elevada de la inteligencia.
El pensamiento crítico exige cosas que las redes sociales detestan: tiempo, duda, lentitud,
incluso humildad. Por eso se extingue. Porque no da métricas, porque contradice la lógica
del algoritmo, porque obliga a reconocer que uno puede estar equivocado y eso, a los ojos
de muchos, arruina cualquier construcción identitaria.
Ojalá logremos recuperar el hábito del pensamiento incómodo, de la contradicción
saludable. Ojalá comprendamos que exigir explicaciones sin tener bases no es curiosidad,
sino insolencia. Y que el saber no debe estar en guardia permanente para demostrar su
validez; ya ha sido probado una y mil veces, a fuerza de ensayo, error, rectificación.
Y ojalá, por fin, recordemos algo que esta época parece haber olvidado: que la verdad no
siempre grita. A veces, sólo espera, con una dignidad ya antigua, a que alguien tenga la
gentileza de escucharla.

