Globalismo y Nacionalismo: dos caminos, una disyuntiva

POR: Arturo Pozos Sol 

En medio de la polvareda de discursos que saturan al siglo XXI, dos vocablos se repiten con una frecuencia casi obsesiva: globalismo y nacionalismo. No son simples categorías políticas o económicas, sino dos miradas contrapuestas sobre lo que significa el hombre, su destino y su pertenencia en este mundo.

El globalismo (esa quimera que se adorna con palabras como tolerancia, apertura y progreso) no es sino la lenta disolución de las raíces. Agustín Laje lo ha advertido con sobriedad: no se trata de una integración noble de los pueblos, sino de su domesticación, de su reducción a multitudes dóciles y uniformes, privadas de religión, tradición y patria. Se llama ciudadano del mundo aquel que, en verdad, ya no tiene hogar donde reposar.

Ante este oleaje cosmopolita se levanta el nacionalismo, con todos sus claroscuros, pero con una convicción imposible de derribar: el hombre requiere arraigo. Ninguna gran civilización pudo levantarse sin la fuerza de un pueblo consciente de su historia y celoso de su cultura. Chesterton lo comprendió hace ya un siglo, cuando dijo que quien olvida sus raíces se convierte en presa de cualquier moda efímera, como hoja seca que arrastra el viento sin destino fijo.

Conviene aclararlo: el nacionalismo no es desprecio al extranjero, sino afecto hacia lo propio. Es la defensa de la soberanía frente a los dictados de organismos supranacionales que, desde sus escritorios en Bruselas, Washington o Davos, pretenden decidir cómo deben educarse nuestros hijos, qué valores debemos sostener o de qué manera hemos de organizar la vida social y política. Es, pues, un gesto de resistencia ante la uniformidad ideológica que se quiere imponer a todos los pueblos por igual.

Los heraldos del globalismo prometen paz, derechos y abundancia, aunque los hechos muestran otra cosa: naciones debilitadas, culturas diluidas, sociedades fragmentadas hasta la médula. En contraste, los pueblos que han sabido custodiar su identidad se muestran más firmes, más cohesionados, más aptos para encarar las pruebas que la modernidad arroja.

México, como toda nación herida por la pérdida de su arraigo, necesita volver la mirada hacia lo propio, rescatar el orgullo de lo que somos. Apostar por el nacionalismo es apostar por la familia, por la dignidad, por la soberanía de un pueblo que no se resigna a ser tratado como pieza desechable de un engranaje universal.

El globalismo se anuncia como el porvenir inevitable; el nacionalismo, en cambio, se alza como la memoria viva que nos sostiene. Y si de construir una sociedad fuerte se trata, con valores firmes y destino propio, la elección no es meramente política, sino moral: ser parte de la masa anónima, o permanecer como nación que sabe quién es, de dónde proviene y hacia dónde quiere caminar.