El hombre que sostiene mi sombra

POR: Arturo Pozos Sol 

Hay nombres que no se dicen solamente, se respiran. El de mi padre, Arturo Pozos Vázquez, pertenece a esa estirpe de nombres que se heredan como una marca en la sangre, un sello que el tiempo no borra. Nació y ha vivido en Xico, Veracruz, un pueblo que, aunque carezca de muchas cosas, guarda en lo hondo de sus entrañas una dignidad tan firme como sus montes y un temple que no se aprende en escuelas, sino en la aspereza de las calles, en el trabajo cotidiano, en la intemperie donde la vida prueba de verdad a los hombres.

Hace más de veinte años dio vida a la Peluquería Archi, sin más capital que sus manos, su oficio y esa fe obstinada que poseen los hombres que se atreven. Allí, entre el zumbido constante de las máquinas y el aroma penetrante de la loción para después de afeitar, fue levantando no sólo un negocio, sino un punto de encuentro; un lugar donde la gente acudía por un corte de cabello y se marchaba llevando consigo la conversación de un hombre que sabía escuchar, que sabía reír y que, sin proponérselo, dejaba siempre una huella.

Pero mi padre no es de esos personajes impecables y fingidos que se adornan en almanaques. Ha tenido un garbo singular para emprender, es cierto, pero también para tropezar. Ha enfrentado pruebas que habrían quebrado a muchos, y como todo hombre que ha vivido de veras, ha cometido errores severos, de esos que dejan cicatrices visibles y otras que se esconden bajo la piel, pero que pesan igual. Sin embargo, incluso en la caída, ha mostrado una extraña gallardía, como si supiera conservar rectitud aun cuando el suelo parecía su destino.

De él he aprendido que la vida no está hecha solamente de victorias o derrotas, sino de la manera en que uno las transita. Me enseñó a no dejar que la desgracia amargara mi espíritu, a buscar en cada momento (por torcido que parezca) una enseñanza que valga la pena atesorar. Y a comprender que la verdadera sabiduría no siempre llega envuelta en discursos solemnes; muchas veces se esconde en una frase dicha al paso, en un silencio compartido, en un consejo que, aunque ligero en apariencia, termina clavándose con los años como una verdad definitiva.

Xico, con su cielo encapotado y sus calles de piedra, será siempre el telón de fondo de esta historia. Porque mi padre es, en buena medida, el reflejo de su tierra: fuerte, en ocasiones áspera, generosa en lo que verdaderamente importa, y con un modo de mirar la vida que mezcla el romanticismo con la dureza de quien sabe que ningún día se gana sin lucha.

Yo le debo más de lo que estas líneas alcanzan a contener. Y aunque no lo diga a menudo, sé que en cada paso que doy hay algo suyo, una sombra de su andar, una chispa de su coraje. Por eso, al hablar de él, no hablo sólo de un hombre, sino de la raíz misma de mi sangre. Y la raíz, aunque el árbol crezca y se aleje, jamás deja de sostenerlo.