Crónica Xico de manteles largos: día del cencerrero

Por Arturo Pozos Sol

El albor del cinco de julio no descendió sobre Xico con la misma tibieza de otros días; algo vibraba distinto en la entraña del pueblo. Las campanas de la parroquia, aunque fieles a su oficio, no repicaban solas. Allá, en lo hondo del eco que duerme entre los cerros, se dejaba escuchar un sonido más viejo que el bronce: el tañido áspero y solemne de los cencerros, que anunciaba lo que los ancianos ya saben sin preguntarse y lo que los mozos aún aprenden con fervor tembloroso. Era el Día del Cencerrero, fecha en que las calles se despojan de su cotidianidad y se convierten en escena viva; los cuerpos en rito fervoroso; la memoria popular en danza que late.

Desde las primeras luces, los hombres comenzaron a congregarse. Unos traían en el rostro el surco que dejan los años de costumbre; otros, apenas, la sonrisa torpe del que da sus primeros pasos. Todos compartían una misma ofrenda: los cencerros, bien atados al torso, a las piernas o colgados en el aire que los rodea. Algunos de gran tamaño, otros apenas más que un cascabel de bronce, pero todos con ese tintineo que no busca hacer música sino despertar a los muertos, o al menos a la historia. No hay partituras aquí. La melodía nace de los pasos, del latido del cuerpo, del golpeteo contra el hierro, del polvo que se levanta y del murmullo asombrado que escapa de las bocas abiertas de quienes miran.

Este día no se conmemora con discursos, ni se honra con discursos floridos. Se celebra con el cuerpo entero. Se le rinde tributo con el estruendo gozoso y profundo que los cencerreros esparcen al recorrer, como fantasmas sonoros, cada esquina del pueblo. Es una danza que no exige aplauso, ni procura la atención ajena; simplemente acontece, como ocurre lo sagrado: sin previo aviso y con la potencia de lo que no puede explicarse.

Los cencerreros descienden por las calles empedradas, y los vecinos se asoman desde los balcones, o desde las puertas entreabiertas, con el celular temblando entre las manos o con los ojos muy abiertos, queriendo capturar algo más que imágenes. Intentan, quizá sin saberlo, guardar un trozo del alma misma de Xico. Porque eso es este día: una pulsación honda del espíritu colectivo, que se sacude el polvo de los días y se transforma en júbilo, en coraje, en fervor de pueblo.

Nadie puede señalar con precisión el origen de esta tradición. Algunos susurran que proviene de rituales indígenas, otros la atribuyen a ecos remotos de fiestas patronales, como si fuese un anticipo, una sacudida ritual que allana el camino para la llegada de Santa María Magdalena. Lo cierto es que, cuando los hombres salen con los cencerros colgados al cuerpo, también sale algo más: la historia que no está escrita en libros, pero que se guarda en las plantas de los pies, en el peso de los hombros, en la voluntad de seguir danzando pese a todo.

Y no marchan solos. Los rodea el respeto discreto de los vecinos, el asombro de los forasteros, y la alegría inconfundible de los niños que sueñan con crecer, con que un día también ellos se ceñirán al pecho ese ruido antiguo y saldrán a danzar sin pedir permiso. Hay una sacralidad indómita en ese desfile sin uniforme, en esa música sin partitura, en ese cuerpo múltiple que vibra y resuena como si en cada golpe metálico despertara un siglo dormido. Xico se vuelve más Xico ese día, como si el pueblo recordara de súbito quién es.

Y entonces, cuando el sol ya se ha reclinado tras los montes y el bullicio comienza a apagarse poco a poco, no queda silencio en verdad, sino un murmullo suave, una espera. Porque no es el final. Es la promesa del próximo año, cuando vuelvan a salir, como salen siempre, mientras haya hombres que sepan amarrarse un cencerro al alma. Y mientras eso ocurra, Xico seguirá vistiéndose de fiesta cada cinco de julio, no solamente para rendir homenaje a los cencerreros, sino para celebrar esa llama invisible, ese espíritu indómito que se niega a morir, por más que el calendario insista.