Austeridad, tan simple como amargo y áspero

POR: Héctor M. Magaña

La palabra “austeridad” ha sido, en los últimos años, una palabra cargada de un contexto político puntual. No obstante, la “austeridad”, definida por la Real Academia Española (RAE) como “la cualidad de lo austero”, también remite a una serie de sinónimos que nos recuerdan a un listado de valores muy familiares para nosotros: sobriedad, parquedad, mesura, prudencia, templanza, temperancia, seriedad, economía, ahorro, frugalidad, moderación.

No obstante, como muy bien sabemos, la etimología siempre nos recuerda el camino de las palabras y las rutas que el significado toma a lo largo del tiempo. Así, la palabra “austero” nos remite al griego y al latín. “Del lat. austērus, y este del gr. αὐστηρός austērós”. ¿Qué significan originalmente? Para el latín y para el griego, ambos remiten a lo “simple”, a lo “áspero” y “amargo”.

¿Qué nos indican estas palabras? ¿Sobre que debemos reflexionar a partir de lo austero? Para un contexto como el del Mundo Antiguo, podemos pensar en actividades tan rudas como las del campo, el trabajo manual, la pesca o la ganadería. Trabajos duros, simples y con condiciones ásperas. Sin embargo, hay que recordar que es precisamente la vida campestre y ruda lo que motivó a los diversos poetas a hacer cantos a la belleza de lo simple para, de este modo, crear el mundo idílico del hoy, del presente y los placeres simples. Algo que el poeta latino Horacio (65 a. C.- 8 a. C.) en sus Epodos nos indica:

Dichoso aquél que alejado de los negocios, como la primitiva raza de los mortales, trabaja el campo paterno con sus bueyes, libre de toda usura, y no se despierta como el soldado con la fiera trompeta ni teme al mar embravecido, y evita el foro y las orgullosas puertas de las ciudades demasiado poderosas.

En otro poema Horacio nos da una pintura de lo que es una vida dichosa:

Confía el resto a los dioses, quienes hace poco han calmado los vientos que se enfrentaban al furioso mar y ya no se mueven ni los cipreses ni los viejos olmos. Deja de indagar qué ocurrirá mañana, y cada día que la suerte te conceda considéralo un regalo; no desprecies tampoco los dulces amores ni  las danzas, muchacho, en tanto la molesta vejez no merme tus fuerzas. Reanúdense ahora el Campo de Marte y las plazas y los suaves susurros durante la noche a una hora convenida; y también la agradable risa, delatora de una joven que se oculta en el mas íntimo rincón, y la prenda de amor sacada de su brazo o del dedo fingidamente reacio (Horacio, Odas, I,9)

Tal como indica aquí el poeta Horacio, en este poema una vida dichosa consiste en la “confianza en los dioses”, dicha confianza facilita “los dulces amores y las danzas”. ¿A qué queremos llegar con todo eso? Quizás “austeridad” no solo es “economía de ahorro” sino también recordar lo simple en toda sus acepciones. Trabajos simples, placeres simples, amores simples y belleza simple. Una vida contemplativa, como lo dirá el filósofo Byung Chul-Han.

Eso simple, amargo y áspero que implica vivir lejos de la ciudades (en el caso de Horacio, lejos de Roma), lejos de las empresas heroicas (ser soldado o político) y que permiten apreciar el regalo del día a día; eso es quizás la austeridad que más urge hoy en día en las sociedad aceleradas.