Asfalto de papel: la carretera Xalapa–Coatepec colapsa ante la indiferencia oficial
Por Arturo Pozos Sol
La carretera que alguna vez fue considerada una vía estratégica, ese lazo firme y casi doméstico que enlaza la capital veracruzana con el corazón de Coatepec, ha devenido en una suerte de pista resbaladiza donde se juegan, diariamente, el tiempo, la paciencia y la seguridad de cientos de ciudadanos. Así lo describen, sin ambages, los automovilistas que, a fuerza de costumbre, han aprendido a esquivar baches como si fuesen trampas invisibles sembradas por una mano indiferente.
A lo largo de casi ocho kilómetros, desde el paraje de Los Arenales hasta las inmediaciones del río Sordo; se despliega un asfalto vencido, salpicado de hoyos que alcanzan hasta los diez centímetros de profundidad. Son heridas abiertas en el cuerpo mismo de la vialidad, y su presencia ha dejado de ser excepcional para convertirse en parte del paisaje cotidiano. “Desde su rehabilitación en 2023, esta carretera ha presentado diversos desperfectos”, comenta con resignación la población afectada. “Decenas de vehículos terminan con las llantas ponchadas; es como si la obra hubiera envejecido antes de nacer”.
Entre los baches, los accidentes y el hartazgo
Los testimonios abundan y coinciden. No se trata únicamente de daños materiales: suspensiones desgarradas, neumáticos reventados o defensas astilladas, sino también de un trastorno en la vida diaria de quienes dependen de este trayecto para ir al trabajo, a la escuela o al mercado. Una usuaria, de voz firme aunque cansada, relata que hay que esperar cerca de una hora para lograr transitar desde el río Sordo hasta el Circuito Presidentes. El tráfico lento se ha convertido en la regla. Familias enteras, estudiantes apurados, taxistas con pasaje… todos se ven forzados a salir con una antelación excesiva, solo para llegar a tiempo a sus deberes más elementales.
Una inversión que no resistió la lluvia
Lo más doloroso del asunto, y acaso lo más grotesco, es que no estamos hablando de una vialidad olvidada por el progreso. Esta carretera tiene historia, sí; y tiene también millones invertidos. En el año 2018, bajo el mandato del entonces gobernador Yunes Linares, fue inaugurada una obra de concreto hidráulico que costó al erario público 135 millones de pesos. Se prometió una vida útil de cuarenta años. No duró cinco.
Posteriormente, en 2023 y ya bajo la administración de Cuitláhuac García, se anunció una nueva intervención: se destinaron seis millones de pesos adicionales y se colocó una capa de asfalto, donada por Pemex, con el fin noble, aunque fallido, de reducir los accidentes. Sin embargo, las grietas volvieron, casi de inmediato. Apenas cayeron las primeras lluvias y la carpeta asfáltica se fragmentó como si hubiera sido colocada con descuido, o con prisa.
Los hoyos reaparecieron. Alcanzaron, según algunos reportes, profundidades de hasta diez centímetros, convirtiéndose en un verdadero peligro para los vehículos. Y aunque la Secretaría de Infraestructura y Obras Públicas ha declarado que la empresa responsable está obligada a subsanar los daños mediante una fianza, lo cierto es que no hay evidencia visible de acción alguna. El discurso institucional ha comenzado a desdibujarse entre la maleza de la omisión.
Una bomba en cada lluvia
El peligro no es solo físico, sino también atmosférico. La mala calidad de la superficie, unida a la humedad constante, ha vuelto a conjurar aquella vieja fórmula de desastre: pavimento resbaloso, lluvia persistente y velocidad mal calculada. Una combinación que muchos describen como una bomba de tiempo a punto de estallar.
Las autoridades han recomendado como gesto protocolario reducir la velocidad a 60 kilómetros por hora, mantener una distancia prudente entre vehículos y utilizar el cinturón de seguridad. A pesar de ello, los choques menores y los percances más serios continúan, día tras día. La temporada de lluvias no hace sino agravar el panorama, como si el asfalto mismo se deshiciera ante la primera llovizna.
No más parches, exigen los que sí transitan
Taxistas, comerciantes, estudiantes, madres de familia, obreros; todos repiten el mismo clamor: ya no más reparaciones superficiales, ya no más simulación. Se exige una intervención real, integral y definitiva. Una obra que no sea solo propaganda, sino promesa cumplida.
Porque lo que está en juego no es únicamente la durabilidad de un tramo carretero. Es también la calidad de vida de una población que empieza a perder la esperanza. Es el tiempo que se pierde, la angustia que se acumula, el respeto que se erosiona. Cada bache es una pequeña derrota, una hendidura no solo en el pavimento, sino también en la confianza ciudadana. Y eso, si se me permite decirlo, cuesta más que cualquier licitación.


