Una maestra arrodillada

POR: Raúl Trejo Delarbre*

De rodillas y maniatada, delante de una docena de cobardes que, encapuchados, la amagaban con armas largas, la maestra Irma Hernández Cruz dijo la letanía que le dictaron sus secuestradores: “Con la mafia veracruzana no se juega… paguen su cuota”. La voz no le tembló, aunque seguramente sabía que podían ser sus últimas palabras. Unos días después la profesora Hernández apareció muerta. Sus asesinos la utilizaron para atemorizar y escarmentar en la zona en donde extorsionan, al norte de Veracruz.

El crimen de la maestra Hernández Cruz nos exhibe a todos. Subraya la impunidad y engreimiento de la delincuencia organizada que secuestra a una mujer trabajadora e indefensa, la muestra en un video y luego la asesina. Ese crimen hace patente la incapacidad del Estado mexicano, y en este caso del gobierno de Veracruz, para garantizar la seguridad de las personas; ni siquiera atinan a reaccionar con oportunidad y decencia ante provocaciones delincuenciales como esta.

El asesinato de la maestra Hernández Cruz evidencia la torpe insensibilidad del gobierno federal, comenzando por la presidenta Claudia Sheinbaum. El grupo gobernante se muestra incómodo, pero indiferente. Este asesinato expone además la resignada inercia de nuestra sociedad que se asombra brevemente, expresa una casi rutinaria indignación y pronto lo olvidará, para sorprenderse con otro acontecimiento dramático.

La maestra Hernández Cruz, que según algunas versiones en línea dio clases en la Escuela Juan Escutia, se jubiló en 2016 como profesora de educación básica en la Zona 41, en Veracruz. Su pensión la invirtió en la compra de dos automóviles que puso a trabajar como taxis. Ella misma manejaba uno de ellos, en la ruta Álamo-Estero del Ídolo en el municipio Álamo Temapache. El hecho de que una profesora jubilada tenga que manejar un taxi para complementar sus ingresos debería ser motivo de irritación. Por mucha retórica oficial y desplantes gremiales, millares de profesores mexicanos carecen de condiciones para un retiro laboral digno.

El viernes 18 de julio, por la tarde, la maestra Hernández Cruz fue secuestrada por individuos armados y encapuchados en la calle Sor Juana Inés de la Cruz, entre las avenidas Independencia y Garizurieta. A un costado de la calle está el Mercado Municipal. Del otro lado hay una iglesia y numerosos comercios: puestos de comida y ropa, un taller de celulares, una farmacia, una tienda de telas y sombreros. Allí se estacionan los taxis del sitio en donde trabajaba la antigua profesora de primaria. El de ella tenía el número económico 554.

Es difícil encontrar una zona más concurrida en Álamo. Los delincuentes quisieron ostentar su impunidad desde el momento del secuestro. Según la información periodística los captores de la maestra, que se la llevaron en una camioneta, actuaron con calma y sin que nadie intentara impedírselos. Quizá también calcularon el efecto que tendría el secuestro de una mujer sexagenaria, conocida y respetada y que no tenía poder ni influencias de ninguna índole. La maestra Hernández Cruz era una trabajadora que vivía de lo que ganaba cada día y que, al parecer, se negó a pagar la extorsión permanente a la que los delincuentes llaman “derecho de piso”.

Doña Irma, relata otra crónica, “era conocida por su amabilidad y compromiso. Había enseñado a decenas de jóvenes en Álamo Temapache, un municipio de alrededor de 110 000 habitantes. Su figura, respetada por muchos, fue brutalmente violentada”.

La familia de la profesora denunció de inmediato el secuestro. Las autoridades municipales y estatales tardaron varios días en reaccionar. “Nadie la rescató. Nadie negoció. Nadie la buscó con fuerza suficiente como para evitar lo que todos intuían que ocurriría”, dice el mismo texto periodístico. Sólo hasta que los delincuentes difundieron el video en donde aparece la maestra Hernández Cruz sometida por esa pandilla de desdichados, y cuando tales escenas fueron tema en las redes digitales, el gobierno de Veracruz se dio por enterado.

La Comisión Estatal de Búsqueda de Veracruz difundió el 21 de julio por la tarde la ficha de la maestra: mexicana; 62 años; nacida el 22 de diciembre de 1962; estatura 1.50 m.; ojos café oscuro; piel morena clara; cabello negro, corto y lacio; desaparecida en Álamo Temapache el 18 de julio. “Requiere tratamiento médico especializado, mancha debajo de ojo izquierdo”, se añade.

El jueves 24 de julio la Fiscalía de Veracruz informó que se había localizado el cuerpo de la profesora. Al día siguiente la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, dijo que la maestra murió a causa de un infarto provocado por la violencia que sufrió. Esa declaración se tomó en numerosos comentarios como una manera de soslayar la responsabilidad de los secuestradores en la muerte de la profesora Hernández Cruz.

Se trató de un asesinato y así habría que llamarlo. Si hubo infarto o no, es un asunto secundario. De haberlo, tendríamos que imaginar la aflicción de la maestra secuestrada, tan intensa que llegó a padecer ese evento cardíaco. La insistencia de la gobernadora para señalar que la muerte fue por infarto ha llegado a constituir un recurso, voluntario o no, para trivializar ese crimen. La triste costumbre de tratar a los delincuentes con esmerada cautela, resultado de la desastrosa tesis de los abrazos en vez de balazos, condiciona la reacción de los gobiernos de Morena ante crímenes tan oprobiosos como el que ocurrió en Álamo. También se anunció que fueron detenidas tres personas relacionadas –en apariencia– con el crimen.

El viernes 25 de julio, por la tarde, decenas de vecinos y amigos participaron en el cortejo fúnebre que se trasladó desde el domicilio de la maestra Irma Hernández Cruz hasta el cementerio del Ejido Pueblo Nuevo. Su hija, Eliani, manifestó: “Ella no se merecía esto, era una mujer buena y honesta. Estamos muy dolidos. No quiero decir más”.

La presidenta Claudia Sheinbaum, a preguntas de dos reporteros, se refirió al asesinato en su conferencia de prensa del viernes 25. “Se está colaborando con la Fiscalía del estado de Veracruz… hay que ver la condición en la que esto ocurrió… que no haya impunidad… que se clarifique cómo fue la muerte… cuál es el contexto”, dijo la presidenta. Sea cual fuere el contexto, el crimen fue un hecho demoledor en la sociedad mexicana. La presidenta se negó a condenarlo, con el pretexto de que no conocía detalles del caso. Aunque dijo que su gobierno trabaja para que haya menos extorsiones, la presidenta en ningún momento mencionó que se trató de un secuestro, ni pronunció la palabra “asesinato”.

Tampoco se refirió por su nombre a la profesora Irma Hernández Cruz. “Esta persona”, dijo la presidenta en una ocasión. “Esta mujer”, en otra. Posiblemente no conocía el nombre, aunque para ese viernes por la mañana estaba en todos los medios de comunicación. Pero la misma presidenta Sheinbaum ha dicho que lo que no se nombra, no existe, como señalaron ahora diversos comentarios en redes digitales. Intencional o no, la omisión del nombre de la maestra es una forma de soslayar la gravedad del crimen, o de negar la realidad. La presidenta se muestra incómoda cuando le preguntan por hechos que contradicen su discurso optimista. En otras ocasiones también ha eludido llamar por sus nombres a las víctimas de hechos criminales.

Desde luego el contexto es importante, aunque no sea indispensable para compartir la indignación ante el asesinato de la profesora Hernández Cruz. Se ha informado que ese crimen fue cometido por el grupo de delincuentes denominado “Mafia Veracruzana”, también llamado “Fuerzas Especiales Grupo Sombra”, que es una escisión del Cártel del Golfo. La notoriedad del crimen quizá influya para que el gobierno federal, en respaldo del de Veracruz, capture a algunos de los culpables. Es importante que no haya impunidad, como indica la presidenta Sheinbaum. Pero el asesinato de la maestra Hernández Cruz muestra a un Estado insuficiente, que ha permitido la expansión criminal en numerosas zonas del país y que no reacciona con presteza cuando se denuncian delitos como el secuestro de la profesora jubilada.

A la maestra Irma Hernández Cruz, los asesinos la mostraron sometida y la obligaron a leer la advertencia criminal mientras, rodeándola, presumían sus fusiles tipo AK-47. Encapuchados, se despersonalizaron para que en el centro de la escena quedase la imagen de la profesora habilitada como taxista. El video permanecerá como símbolo de abuso y perversidad extremos. Los asesinos visten chalecos tácticos, casi todos llevan gorras de tipo militar, uno de ellos tiene una máscara que imita una calavera. Están detrás de su víctima, cercándola, acentuando así que la retienen contra su voluntad y que tienen la fuerza suficiente para imponer sus condiciones y amenazas. La profesora, de rodillas, a merced de los criminales, está en una postura prácticamente sacrificial.

Los criminales componen, de esa manera, una estética del terror para enviar su mensaje de coacción y miedo. Es una escena delirante, parte de la pesadilla a la que nos han traído el crimen organizado y la ineficacia del Estado. Tales escenas están destinadas a provocar miedo, pero también pueden suscitar una enorme indignación.

En los días recientes la Cámara de Diputados publicó una esquela por la muerte del músico Ozzy Osbourne, el gobierno de Puebla difundió condolencias por el fallecimiento del luchador Hulk Hogan (un personaje alineado con la derecha estadounidense), la gobernadora del Estado de México encabezó un homenaje a la Paleta Payaso… Frente a esos desvaríos, parece claro que los actuales gobernantes no se hacen cargo de las urgencias del país. El asesinato de la profesora Irma Hernández Cruz tendría que ser un símbolo cardinal, e indeleble, de la descomposición de nuestra seguridad pública. En recuerdo suyo, se puede advertir la dignidad que esa maestra jubilada pudo mantener cuando, arrodillada delante de la cámara de video, repitió el mensaje que le dieron los criminales sin que le temblara la voz.

*Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

(NEXOS).