Una tarjeta roja que desaparece con una llamada
Esta semana me enteré de que ocurrió un escándalo en el mundo del fútbol (el mundo del Mundial, el de la FIFA). Al parecer, en resumidas cuentas, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha intervenido nuevamente en las decisiones de un organismo que, en teoría, es autónomo: la FIFA
Es inevitable notar que este comportamiento ya no nos sorprende. México y el resto de América Latina conocen a la perfección la historia de intervenciones que ese país ha tenido en el continente. Sin embargo, la novedad, para muchos, radica en el alcance de estas nuevas intervenciones: países europeos, organismos internacionales, instituciones de su propio país, ataques contra socios, chantajes a otros países e incluso burlas y actos de desprecio.
Lo que para América Latina ha sido la norma, para buena parte del mundo está resultando escandalosamente novedoso: un país como Estados Unidos interviniendo en todos los ámbitos posibles. Queda claro que Estados Unidos —el vencedor del fascismo en la Segunda Guerra Mundial— ha abandonado la imagen que alguna vez proyectó. Hoy actúa con un nivel de cinismo y descaro difícil de ignorar. No tiene reparos en mover los hilos siempre que puede. Incluso la Unión Europea ha sido desprestigiada por esas mismas injerencias. El mundo parece débil frente a Estados Unidos.
Lo ocurrido hoy fue solo un recordatorio de que ni siquiera el deporte está a salvo. ¿Podrá Estados Unidos influir en Alemania y favorecer la victoria de un partido ultraconservador? ¿Podrá imponerse el Frente Nacional francés? ¿Podrá destruir los últimos vestigios del socialismo cubano y venezolano? ¿Podrá borrar la Franja de Gaza para construir un resort? ¿Podrá seguir burlándose de las primeras ministras de Japón e Italia? ¿Podrá España doblegarse ante Donald Trump? ¿América Latina tendrá jefes de Estado aprobados por Donald Trump?
El hecho de que Donald Trump, con una llamada, pueda conseguir que se retire una tarjeta roja en la FIFA demuestra, al menos, dos cosas: que ni las naciones ni las instituciones son inmunes al poder del presidente de Estados Unidos. ¿Será este el comienzo de la muerte de la soberanía nacional y de los organismos independientes? ¿Es posible aún creer en ellos? Es un nuevo nivel de intervencionismo estadounidense: uno que ya no se oculta ni se justifica. Donald Trump manda un nuevo mensaje con este nuevo ataque al deporte internacional: “Lo hago porque puedo hacerlo”.

