Del gis a la IA: la metamorfosis educativa
POR: Gilberto Nieto Aguilar
Durante décadas, la educación mexicana ha caminado al ritmo de reformas que
prometen modernidad, pero que pocas veces transforman lo esencial. He sido
testigo directo de ese vaivén. Inicié mi camino docente bajo el Plan de Once Años,
cuando el gis y el pizarrón todavía simbolizaban orden, disciplina y certezas
metodológicas. Al graduarme en la Escuela Normal, ese Plan había sido declarado
obsoleto y el que estaba en boga era el método global de análisis estructural, a
partir de unidades de significado completo, buscando sus componentes en letras y
sílabas.
Desde entonces, hemos asistido a un desfile de paradigmas: conductismo,
tecnología educativa, programación por objetivos, gramática estructural,
constructivismo, inteligencias múltiples, competencias, educación holista,
neurociencia y, ahora, inteligencia artificial. Cada uno llega con un lenguaje nuevo,
manuales urgentes y promesas grandilocuentes. Casi todos se van dejando saldos
ambiguos y aulas cansadas.
Mientras México procesaba estos virajes pedagógicos, el mundo recorría su propia
disputa intelectual buscando evolucionar de los modelos centrados en la
enseñanza (pasivos) hacia enfoques centrados en el aprendizaje (activo y
autónomo). Entre las décadas de 1960 y 1970, el conductismo estadounidense
dominó la educación formal, reduciendo el aprendizaje a esquemas de
estímulo–respuesta, repetición y refuerzos basados en premios y castigos. Frente
a esa mirada mecanicista, la psicología de la Gestalt, desarrollada en Alemania,
recordaba que la mente humana funciona como un todo organizado y que la
experiencia subjetiva no puede fragmentarse sin perder su sentido.
De manera paralela, propuestas contraculturales como la de A. S. Neill en
“Summerhill”, gestadas desde la década de los veinte en Inglaterra, defendían una
educación democrática, centrada en la libertad, la responsabilidad y la confianza
en el niño. Eran voces incómodas, pero necesarias. Otro paradigma, el
constructivismo, que pudo haber sido un giro profundo para México al reconocer al
estudiante como sujeto activo, terminó atrapado en formatos administrativos y
capacitaciones superficiales. Fue retórica, pero no práctica.
Las reformas educativas de las últimas décadas han compartido un problema
común: confundieron el cambio de discurso con el cambio pedagógico. Se
modificaron planes, siglas y evaluaciones, pero se dejó intacta la estructura
escolar que asfixia la curiosidad, castiga el error y burocratiza el pensamiento
docente.
Ahora la inteligencia artificial aparece como la nueva panacea. Se nos dice que
personalizará el aprendizaje, que optimizará la evaluación y que liberará tiempo
para enseñar mejor. Tal vez. Pero cabe una pregunta incómoda: ¿qué sentido
tiene incorporar algoritmos sofisticados en escuelas donde aún faltan vínculos
humanos sólidos, lectura de comprensión y condiciones dignas para enseñar y
aprender?
La historia educativa reciente aconseja prudencia. Ninguna tecnología —por
avanzada que sea— sustituye el núcleo del acto educativo fincado en la relación
humana. Sin confianza, sin escucha y sin un proyecto ético de formación, la IA
corre el riesgo de convertirse en otro eslogan más, brillante en el discurso y pobre
en el aula.
Señala la doctora Pamela Cantor, especialista en la ciencia del aprendizaje y el
desarrollo, que las relaciones de cuidado y confianza son una auténtica fuente de
energía: activan la motivación, fortalecen la voluntad y “cablean” el cerebro para
afrontar tareas cognitivas cada vez más complejas. Sin ese soporte emocional, el
conocimiento se vuelve frágil y fácilmente olvidable.
Tal vez el verdadero progreso no consista en pasar del gis a la inteligencia
artificial, sino en atrevernos a revisar críticamente para qué educamos, a quién
sirve la escuela y quién decide el rumbo del cambio. De lo contrario, seguiremos
acumulando innovaciones sin transformación y discursos sin aprendizaje
duradero.

