Por qué Noches Blancas es la puerta de salida a nuestra propia soledad
Por qué Noches Blancas es la puerta de salida a nuestra propia soledad
Por: Arturo Pozos Sol
A mis 22 años, navegando entre teoría política, análisis de poder y la búsqueda constante de un equilibrio entre lo que dice mi cabeza y lo que grita mi pecho, me he topado con una verdad incómoda: todos somos el soñador de Dostoyevsky.
Esta semana en mi editorial, quiero alejarme un poco de las estructuras de lo que creemos como vida, para hablar de una estructura mucho más frágil: el alma humana. Y no hay mejor arquitecto para explorar esos rincones que Fiodor Dostoyevsky en su obra de 1848, “Noches Blancas”. La novela nos presenta a un joven solitario en las calles de San Petersburgo, ahí conoce a Nastenka. Durante cuatro noches el protagonista, que curiosamente no tiene nombre, vive la intensidad de un amor que muchos llamarían platónico, pero que yo prefiero llamar trascendental.
Como un hombre romántico, es imposible no conmoverse con la prosa lírica de Dostoyevsky. Pero ojo, “Noches Blancas” es una crítica profunda donde el Soñador vive en su mente porque la realidad le parece gris; prefiere la ficción de sus emociones antes que el frío contacto con una sociedad que no lo comprende. ¿No nos pasa un poco lo mismo hoy, refugiados tras pantallas y conceptos ideales, mientras descuidamos el vínculo real”?
Muchos le temen a Dostoyevsky. Existe ese mito de que entrar en sus páginas es hundirse en culpa, crímenes y existencialismo denso (si, hablo de Crimen y Castigo). Sin embargo, sostengo firmemente que “Noches Blancas” es el inicio perfecto. Es una obra corta, pero con la potencia de un huracán. En ella ya están las semillas de lo que sería el Dostoyevsky maduro, el autor que se adentra a la psicología profunda, el individuo frente a la gran ciudad y esa lucha eterna entre el deseo y la realidad. Esta obra el aperitivo ideal, porque nos muestra su lado más tierno y vulnerable antes de lanzarnos al abismo de sus grandes tragedias.
El final de la obra (que no voy a arruinarles) nos deja una pregunta que me persigue mientras intento equilibrar mi vida ¿Es acaso poco un minuto entero de bienaventuranza para toda una vida humana? Para el Soñador, la respuesta es sí. Para mí, a mis 22, es un recordatorio de que aunque el amor sea breve o la utopía inalcanzable, el simple hecho de haber sentido con honestidad ya nos hace
más humanos.
Si buscan una lectura que les sacuda el polvo denle una oportunidad a estas noches de San Petersburgo. Tal vez, entre sus páginas, encuentren el equilibrio que también están buscando.

