Mente Sana en Cuerpo Digno

POR: Arturo Pozos Sol 

En México hablamos mucho de “intelectuales”, pero pocos recuerdan que la inteligencia, cuando se descuida el cuerpo, se vuelve adiposa, pesada, lenta. No porque falten libros, sino porque falta vigor; porque pretendemos pensar con claridad mientras el organismo batalla contra la somnolencia que deja una mala alimentación. Y lo digo sin ceremonias: un espíritu brillante difícilmente puede morar en un cuerpo fatigado.

Nuestros padres antiguos, aquellos que entendían la vida como un equilibrio casi sagrado, sabían bien que la cabeza piensa mejor cuando el cuerpo no se arrastra. Hoy, en cambio, el país parece aferrado a una costumbre peligrosa: comer por antojo y no por sensatez. Comer para llenar, no para nutrir. Y este hábito muy nuestro, muy arraigado, ha convertido a México en un territorio donde la obesidad camina como un gigante de sombra larga.

No es exageración; es simple constatación. Vivimos rodeados de alimentos que se venden como caricias, pero funcionan como lastres. La cultura de la buena alimentación no está perdida, porque jamás la tuvimos del todo; crecimos entre frituras que crujen como tentaciones, panes que huelen a infancia y refrescos que suplantan al agua. Todo delicioso, lo admito, pero enemigo silencioso del cuerpo que aspira a sostener una mente despierta.

Quien escribe, quien estudia, quien aspira a pensar con hondura, debería comprender que la claridad no nace únicamente del libro abierto, sino también del estómago sosegado. La verdadera intelectualidad necesita músculos que no se rindan y carne que no se queje al primer esfuerzo. No se trata de esculpir el cuerpo, sino de no sabotear al espíritu.

Si México quiere elevar su pensamiento, urge empezar por lo elemental: nutrirse con decoro. Comer no sólo para sobrevivir, sino para caminar más firmes, pensar más rápido, sentir más hondo. Y quizá entonces, con cuerpos menos cansados y mentes menos nubladas, dejaremos de ser el país con índices gigantescos de obesidad y empezaremos a ser uno donde la inteligencia, por fin, descanse en un cuerpo digno de sostenerla.