El papel de la religión como raíz cultural y brújula moral
Por Arturo Pozos Sol
En el amplio y a veces confuso tejido de la historia, pocas fibras han resistido tanto los embates del tiempo como la religión. No importa si sus templos se alzan en medio de arenales calcinados por el sol, en selvas húmedas y fragantes, o en ciudades de piedra que parecen desafiar a los siglos; en cualquier rincón donde el hombre haya alzado la mirada al cielo, ella ha estado presente como semilla y raíz, como mapa que orienta y timón que corrige el rumbo. Quien la reduce a un resto polvoriento de épocas sombrías olvida que, sin su influjo, buena parte de lo que llamamos civilización hoy sería un terreno baldío.
Ha sido madre de alfabetos, celosa guardiana de las costumbres, escudo del arte y centinela del derecho. Fue sobre sus altares donde se esculpieron las primeras notas musicales, donde nacieron las imágenes que aún estremecen, donde se pronunció la palabra grave que ponía freno a la mano del poderoso frente a la fragilidad del débil. No es casual que los más antiguos y sólidos códigos morales se hallen impregnados de un hálito de lo eterno; pues la ley, privada de ese eco de lo divino, no es más que fría contabilidad de intereses.
Y, sin embargo, su papel no se limita a esa herencia visible que atesoramos en libros y piedras. La religión (sin importar la forma en que el hombre nombre a su Dios) ha sido brújula moral en las horas en que la humanidad se extravía. Nos recuerda que la vida no se agota en el instinto ni se explica del todo en la aritmética del provecho; que existe un deber que sobrepasa la conveniencia inmediata y que el hombre, criatura frágil hecha de barro y de un soplo invisible, necesita orientarse hacia algo más alto que sí mismo.
Quienes pretenden arrancarla del alma de las naciones no perciben que, al hacerlo, deshilachan el tejido que todavía nos mantiene unidos. Porque cuando el sentido de lo sagrado se apaga, lo que queda es la ley del más fuerte, la fría geometría de la fuerza bruta. Sin religión, la cultura se marchita; sin religión, la moral se disuelve como sal en agua; sin religión, el hombre olvida que no es dios, y que su gloria se torna ruina cuando se olvida de sus límites.
No se trata, pues, de imponer un credo (la fe impuesta jamás echa raíces hondas), sino de comprender que ninguna sociedad puede subsistir sin una raíz que la alimente y un faro que la guíe en la noche. Negar ese cimiento es como cortar el tronco esperando que las hojas sigan verdes. Y la historia, con su voz grave y sin concesiones, ya nos ha mostrado que, cuando la savia se agota, la caída no es una posibilidad remota, sino un destino inevitable.


