El padre y el hijo
POR: Héctor M. Magaña
Así como Jesucristo habló de su padre (Dios), así también cabe hablar de otros dioses y su relación con el padre. Zeus es el caso más emblemático, pero incluso en tradiciones más lejanas geográficamente, como la japonesa, hay y existe el mito del padre. Es más, en Japón los dioses del shinto Izanami e Izanagi, con su descendencia, crearon las islas japonesas al igual que sus fenómenos naturales. No obstante, ¿qué podemos decir del padre secular, del padre de aquí y ahora? El padre de usted, lector, y el mío, el autor. ¿Quienes son? ¿Quienes somos respecto a él?
Hablar del padre implica hablar de la historia, la historia personal o el mito de nuestra creación. Dice un viejo koan budista zen: “¿Cuál era tu cara antes de que tus padres se conocieran?” (aunque pensandolo con detenimiento, es probable que esas palabras sean de Marguerite Yourcenar). Es más, el rostro es la historia de nuestro mito, de nuestra creación. Ese rostro informe ejerce un poder en nosotros, en nuestra historia. Sobre todo, los mitos siempre hablan de un conflicto entre los deseos del padre y los del hijo, entre los deseos de los dioses y los héroes. Así entramos en el primer conflicto: la lucha de deseos e intenciones. Así el hijo se revela no como una propiedad del padre sino como ser autónomo. Tengo un recuerdo sobre mi padre: un interés que no compartimos, un tiempo de calidad entre padre e hijo que solo hizo notar la diferencia. Desde ahí, quizás comienza esa lucha casi mítica entre padre e hijo.
Otro elemento más: el padre abandona a su hijo ante la vida. “Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?” Así, el destino colapsa en el hijo. El padre era una cosmovisión que ahora se retrae, traiciona y abandona. ¿Cuántos de nostors hemos experimentado cierto abandono? Ya sea para dejar atrás la niñez o para adquirir responsabilidades. El padre se retrae. Un recuerdo más: Yo siendo llevado por mi padre a la escuela y entrar yo solo, el abandono es total. El mundo colapsa y presiona. Solo queda el llanto.
Diferencias y repeticiones: ¿En qué medida nuestra vida se asemeja a la de nuestros y en que medida se diferencia? Solo se responde eso en retrospectiva. La vida se comprende cuando se detiene y se mira atrás. Recuerdo: mi padre contandome sobre su infancia, ¿con qué propósito?: ¿Para decir que somos similares o para decir que no lo somos? ¿O mejor: para decirme que debríamos ser similares?
El mundo, como en el mito, se inicia con el nacimiento. Al igual que en el milagro de Belén, todo nacimiento es una oportunidad: ya sea para crear, ya sea para destruir, pero la presencia del padre se nota a cada paso de la historia, no como mapa ni como destino, sino como una interrogante. Una posibilidad que nos recuerda los caminos vitales que nos precedieron.


