La tauromaquia, ¿una tradición o un crimen?

POR: Arturo Pozos Sol 

Hay quienes se estremecen ante el derrumbe de un toro en la arena, y sin embargo no pestañean cuando ven a un anciano pudrirse en la soledad de un hospital público, o a un niño tragarse su hambre con los ojos vacíos frente a la televisión. No es la sangre lo que les incomoda, pienso yo, sino que esa sangre parezca tener sentido.

 

La tauromaquia no es simplemente un espectáculo (si así fuera, sería fácil abolirla). Es, para bien o para mal, una herencia de siglos; un vestigio de esos tiempos en que el hombre no temía mirar a la muerte a los ojos, ni convertirla en ceremonia. Resulta incómoda precisamente porque recuerda lo que preferimos olvidar: que la existencia es también un asunto de tragedia y de forma.

 

Vivimos en una época que aplaude la violencia si le es útil al discurso, que santifica la muerte siempre y cuando venga revestida de ciertas palabras. ¿Cómo puede tal sociedad, que comercia con la destrucción, escandalizarse por la caída de un animal criado (desde su nacimiento) para morir con dignidad, bajo el sol y entre clarines?

 

Y no, no se trata de negar que el toro sufre. Por supuesto que sufre. Así como sufre el jornalero cuando le quitan la tierra que le da nombre, o como sufre la madre que cría sola en un mundo que ni la mira. Sufre el joven cuando se ve devorado por causas que no entiende. El dolor es universal. Lo monstruoso es que hayamos cultivado una sensibilidad tan caprichosa.

 

Lloramos por el toro porque no nos exige nada. Porque es un dolor cómodo, exento de compromiso. Lloramos, pero sin ensuciarnos las manos. ¿Y el arte dónde queda? La tauromaquia, en su raíz, no es violencia vacía. Es un arte trágico. Una danza entre la fuerza bruta y el hombre que, aun sabiendo que puede morir, entra a la arena con el pecho descubierto y el alma bien planchada.

 

Empero el pensamiento moderno que es tan frágil, tan predecible, ha perdido la capacidad de ver belleza donde hay peligro. Y todo aquello que no entra en su catálogo de bondades instantáneas, lo declara crimen.

 

Crimen, diría yo, es acostumbrarse a la muerte que no dice nada. A la violencia sin liturgia. Al sufrimiento que se vuelve estadística. Crimen es que la vida humana se deshaga ante nuestros ojos y nadie sienta ya la obligación de llorar. Que el prójimo se vuelva paisaje.

 

La tauromaquia, nos guste o no, es de los pocos espacios donde la muerte aún se viste con solemnidad. No se mata por hambre, ni por negocio. Se mata con reglas, con símbolos, con honor. Allí, en la plaza, la muerte no es vulgaridad; incluso es un acto de belleza fatal. Y eso, para el mundo moderno, es insoportable.

 

Hoy se mata sin mirar. Se borra al que estorba, se omite al que molesta. Y todo en nombre del bien se le llama libertad. Se le da una envoltura brillante para que no se note el vacío.

Nos conmueve el toro porque no tenemos valor para llorar por el hombre.

 

Nos agarramos de causas prestadas, importadas del algoritmo, y evitamos las que verdaderamente nos atraviesan. Nos conmueve el animal porque no cuestiona nuestras decisiones. Nos resulta más fácil defender al que no habla, que mirar de frente al que sí podría gritarnos: ¡haz algo!

 

No, la tauromaquia no es un crimen. El crimen es habernos acostumbrado a que la muerte no diga nada. A que se viva y se muera sin rastro. A que el dolor se administre como si fuese trámite. Y por eso la plaza nos inquieta tanto. Porque en el fondo sabemos que ahí no muere sólo un toro. Muere esa fantasía moderna de que se puede vivir sin dolor, sin riesgos, sin enfrentamientos. Empero, además muere con belleza.