Marcha contra la gentrificación: una batalla sin alma

Por Arturo Pozos Sol

El pasado sábado trece de julio, una multitud decidida caminó por las arterias de la Ciudad de México bajo una consigna legítima: Fuera gentrificadores, México no se vende. A simple vista, el espíritu de la protesta parecía claro y necesario; sin embargo, conforme avanzaba la tarde, aquello que se presumía como una expresión genuina de inconformidad social fue desfigurándose, poco a poco, en una galería de carteles reusados, cánticos sin raíz y consignas injertadas de otras causas, como si el dolor compartido pudiera remendarse con retazos de luchas ajenas.

No se me malinterprete. La gentrificación es uno de los males más implacables del presente urbano. No se trata sólo del alza absurda en las rentas, ni del cierre de fondas, loncherías o tortillerías que ceden su sitio a locales que presumen nombres en inglés y precios para turistas. Más bien la gentrificación es una forma civilizada de expulsión; un proceso pulcro y casi elegante que transforma la memoria en mercancía, la identidad en postal, y la nostalgia en un lujo. De acuerdo con cifras del Centro de Estudios Urbanos, entre los años 2020 y 2024 los alquileres en zonas como la Roma y la Juárez se dispararon en más de un sesenta por ciento. Lo más alarmante es que casi un tercio de sus habitantes originales se vio obligado a marcharse.

No obstante, el problema que emerge no es el motivo en sí, sino la manera en que se ejecutó la denuncia. Las avenidas se poblaron de rostros encendidos por la rabia, empero, también de símbolos disonantes, como pañuelos verdes, banderas palestinas e incluso algunos mensajes con tintes peligrosamente xenófobos. El reclamo se dispersó como el humo, diluyéndose en un revoltijo de agendas, cada una jalando en dirección distinta. La crítica al neoliberalismo perdió fuerza ante la vociferación teatral. Por ejemplo, algunas colectivas feministas, entonaban lemas contra el supuesto “machismo inmobiliario” (una expresión, que dicho sea de paso, parece más fruto del sarcasmo que de un análisis serio), mientras otras voces pedían justicia para Palestina mostrando pancartas escritas en árabe. ¿No será que, al querer abarcarlo todo, acabaron por no decir nada?

El hombre masa, ese personaje gris que tan nítidamente retrató Ortega y Gasset, volvió a manifestarse. No lo hizo con pensamiento ni con dirección, sino con resentimiento a los “ricos”. Repitió las frases como letanías, sin detenerse a escudriñar su significado. Marchó por inercia, gritó por reflejo. Y creyó que caminar desde Reforma hasta la glorieta de Insurgentes, con brillantina en el rostro y el celular listo para documentar cada paso, era suficiente para plantarle cara al sistema. Pero la resistencia que no se cuestiona a sí misma, que no lee ni organiza, termina por convertirse en una parodia triste de sí misma; una que, en lugar de erosionar al poder, lo alimenta con más fuerza.

Se arremetió contra los extranjeros, cuando en realidad el problema no es el visitante sino el modelo económico que les facilita instalarse sin restricción ni control en barrios históricamente populares. Se vandalizaron cafeterías y tiendas pequeñas por el simple hecho de “verse caras”, mientras, unos pasos más adelante, los mismos manifestantes compraban cafés de ochenta pesos. Se alzaron voces en defensa de lo nacional, pero no se presentó una sola propuesta concreta sobre cómo regular el arrendamiento temporal, cómo impedir la especulación o cómo proteger a los inquilinos de siempre. ¿Qué queda entonces? ¿Qué nos resta cuando incluso la indignación se vuelve adorno?

No se trata de despreciar las alianzas, empero, sí de entender que cada causa merece su espacio, su lenguaje, su profundidad. La gentrificación no es culpa de la joven alemana que alquila un departamento en la Roma ni del muchacho que habla inglés en una cafetería de la Condesa. Es el síntoma más claro de un Estado permisivo, pero es la prueba viviente de una sociedad resentida y personas que no les interesa informarse para luchar.

Una protesta sin espíritu, sin coherencia, sin dirección, no transforma nada. Sólo confirma la ignorancia y la radicalización de ciertos sectores “izquierdistas” de México. En mi opinión: México no se vende, pero tampoco se defiende con banalidades.