Una bandera ondea

POR: Héctor M. Magaña

 

No hay tema que este más en boca de todos que el de la migración. Aun así el problema de la migración es el que más se sustenta en pre-juicios (juicios previos a diferencia de la prejuicios morales o de otra índole). Esto es importante resaltar porque se piensa que los detractores del fenómeno migrante pertenecen a la derecha reaccionaria, mientras que la apertura migrante es un fenómenos racional (de izquierdas) y que aboga por el progreso. Ambas posiciones se basan en juicios previos que no han sido puestos en duda. Ambas se basan en premisas simples y poco tienen en cuenta a las situaciones concretas.

 

Las redadas llevadas a cabo en California por parte del departamento de inmigración de Estados Unidos, por ejemplo, han activado una serie de protestas por parte de la población. Las reacción de rechazo por parte de la población ha llegado hasta nuestro país y esto se debe a que hay un símbolo que parece llamar a la conciencia nacional: la bandera mexicana. La bandera siendo ondeada en medio de un calle, con la la policía anti motines detrás y con una ligera niebla de gas lacrimógeno que cubre la superficie del suelo. Esta imagen, quizás quede en la historia como referente de resistencia civil, pero hay una pregunta inquisitiva que surge cuando vemos esa bandera: ¿Por qué al ver la bandera mexicana en territorio extranjero sentimos que se esta llevando a cabo una acción contra la injusticia? Seré incluso más corrosivo: Si en nuestro territorio viéramos a inmigrantes estadounidenses protestar con su bandera, ¿diríamos que luchan por sus derechos, o en cambio, diríamos que estamos viendo una invasión pasiva (independientemente de las circunstancias)?

 

Los conflictos sociales que motivan la migración son enormes, de eso no cabe duda. No obstante, en este caso particular, desde la llegada de Donald Trump al poder parece que lo que ha ocurrido entre las relaciones de México y Estados Unidos es (entre muchas cosas) una guerra de narrativas nacionales. El nombramiento del “Golfo de América” en detrimento del Golfo de México, por nombrar un caso, suscitó la respuesta del gobierno mexicano de hacer referencia a la archiconocida historia del Tratado de Guadalupe Hidalgo y el “robo” o “perdida” del territorio nacional y, en el medio, el fenómeno de la migración.

 

Lo que parece que poco se ha notado es que hay dos mitos nacionales que están entrando en conflicto: para México, la narrativa es de la eterna victima (desde la Conquista hasta la actualidad), para Estados Unidos, la Doctrina del Destino Manifiesto y la política soberanista de 1919 (desde su fundación, con fluctuaciones, y llegando hasta la actualidad). Resultado: tensiones ideológicas que se traducen en el comportamiento humano. Ejemplo de ello es que, en México, se ve con orgullo la bandera mexicana ondeando en Los Ángeles y repitiendo las consignas de “territorio robado”. La respuesta de Estados Unidos fue contundente: “¡invasión extranjera!” y, aunque haya factores para rechazar dicha conclusión, es inevitable que gran parte de la población estadounidense sienta que en esa sentencia hay algo de verdad.

 

Pero debemos imaginar lo que sucedería si fuese al revés: una bandera estadounidense ondeando en México. Aunque fueran civiles ordinarios, ¿no sería inevitable que la población (o un gran número de ella) hablara de invasión u ocupación? Debemos de superar ese victimismo frente a Estados Unidos, sin negar, claro está, exigir un trato ético a la población migrante. Aun así, hay que reconocer que la existencia de inmigrantes en Estados Unidos no excluye el hecho de que su presencia sea ilegal (aunque los procedimientos permitan cambiar esa situación). En México, por ejemplo, el fenómeno de la gentrificación ha dado reacciones parecidas. Hay quienes hablan de una “Invasión Gringa” en la Condesa.

 

Para concluir, solo quiero invitar a la reflexión del lector con lo siguiente: Hay razones, más allá del racismo, para oponerse a la inmigración ilegal, tanto en nuestro territorio como en el de otros. Reconocerlo quizás permita superar esa visión en blanco y negro y entablar un diálogo maduro y en igualdad de condiciones con Estados Unidos. No todo puede ser racismo pero, al mismo tiempo, no todo puede ser apertura. Tenemos la tarea de reflexionar y descubrir la complejidad de estos factores sin caer el la tendencia “bien-pensante” ni en el racismo reaccionario. Una bandera es un símbolo que nos obliga a reflexionar, la pregunta es: ¿en qué dirección?