Campaña de odio
El proceso de selección de las y los coordinadores estatales de la defensa de la transformación y la soberanía nacional ha dejado inconformidades. Sin afán de valorarlas, ni de evaluar la calidad y pertinencia de todas y cada una de las 17 decisiones tomadas, a juicio y experiencia del que escribe el proceso se ciñó a los lineamientos establecidos en el estatuto de Morena y a las prácticas consuetudinarias que hasta hace unas semanas eran aceptadas por todo mundo. Es pertinente, sí, constatar el desconocimiento que aún impera en las filas del partido sobre las cuestiones de procedimiento.
Como mero ejemplo baste recordar el señalamiento formulado por la diputada quintanarroense Marybel Villegas Canché –quien aspiraba a ser seleccionada para la coordinación en su estado y no lo logró– a la presidenta de la Comisión de Elecciones, Citlalli Hernández Mora: “Es una burla hacia el morenismo en el estado, en el país, donde se han evidenciado estas encuestas amañadas por parte de Citlalli”, escribió la legisladora, a lo que la aludida hubo de replicarle con una puntualización básica: que la instancia que preside no elabora las encuestas. En efecto, la Comisión de Encuestas es un órgano técnico del Consejo Nacional, en tanto que la Comisión de Elecciones es una instancia política del Comité Ejecutivo Nacional. Los resultados de una encuesta son el factor central para la decisión, pero no el único; deben tomarse en cuenta, además, consideraciones de género y la posibilidad de obviar la encuesta y decidir en unidad y por consenso; entre otras circunstancias.
Las encuestas no se “amañan” y sus resultados no se adulteran, no sólo por la enorme dificultad metodológica que implicaría fabricar cifras falsas sino también porque sería desconocer los sentires sociales captados con estas herramientas demoscópicas y asegurar, de esa manera, fracasos inevitables cuando llegue la hora de las urnas.
Hay diversas maneras de procesar frustraciones personales y colectivas; la más riesgosa, tanto para quien recurre a ella como para Morena y para la causa de la 4T, es lanzarse a los medios a denunciar una trampa de la cual no se tienen pruebas fehacientes. De esa forma los descontentos locales escalan inevitablemente a lo nacional y se crea un campo propicio para el desarrollo de campañas de opinión orientadas a desacreditar al partido y al movimiento en general. No se trata, desde luego, de acusar a quienes quedaron inconformes con el proceso de selección de estar detrás de esas ofensivas, pero lo cierto es que les abren la puerta.
Nada viene mejor a la oposición reaccionaria y a sus promotores extranjeros que generalizar un retrato de Morena como una organización antidemocrática, autoritaria, mañosa, corrupta, echada a perder, capturada por una secta, dominada por una cúpula traidora y demás descripciones que pueden leerse en las redes sociales; paradójicamente, nada le sienta mejor al alicaído Prian que denostar a la dirigencia morenista por su supuesta disposición a entregar el partido a prianistas y por su pretendida traición a los ideales del obradorismo.
En muy poco tiempo, la campaña se enfoca y se personaliza en Ariadna Montiel, presidenta nacional del partido, y en Citlalli Hernández, quien encabeza su Comisión de Elecciones. En estos días han corrido contra ellas los peores epítetos imaginables y se ha alzado una campaña de odio de grandes proporciones. Y resulta inevitable recordar cómo se llevaron a cabo los linchamientos de Mario Delgado y de Luisa María Alcalde, quienes antecedieron a Ariadna en su cargo actual. Pareciera existir una consigna de demoler la credibilidad y el prestigio de las dirigencias de Morena. De otra manera, habría que concluir que el partido ha tenido tres pésimos liderazgos al hilo, algo que evidentemente choca con la realidad de una organización política que ha logrado en pocos años dominar por amplia mayoría la escena política nacional.
Muy poca de esta inmundicia digital proviene de la militancia. En las semanas recientes, el que escribe ha participado en varias reuniones masivas de Morena y ha podido constatar que los señalamientos críticos, sin ser inexistentes, son minoritarios y mucho más comedidos que los que se manifiestan en las redes con obscena violencia. Y ha constatado también que en dos de esas plataformas –el ex Twitter y Facebook– la mayor parte de la basura injuriosa es enarbolada por cuentas de muy dudosa pertenencia humana. Pero es indudable que las larvas de Cerimedo no sólo tienen un efecto tóxico en la opinión pública abierta, sino que también terminan por infectar a algunos militantes de buena fe –sobre todo, en los entornos cercanos a los aspirantes descartados–, lo cuales terminan creyendo que el país entero, o al menos el partido entero, está de su lado.
La regresión y el fascismo acechan allá afuera y no desaprovechan ninguna rendija. Es tiempo de unidad.
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