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Tlaxcala, la traidora

Retomo el argumento donde lo dejé hace 15 días: la sexta patraña sobre la historia de Tlaxcala no me la esperaba, pero tres veces me preguntaron si era el estado más pequeño de la Federación en castigo por haber respaldado a Cortés. Casual, el más conspicuo falsificador y mercachifle de nuestra historia, Zunzunegui, estuvo de visita por ese estado para difundir su versión en sus conferencias muy bien monetizadas. No es así. En 1519, los señoríos otomíes de las regiones de Apan (Hidalgo) y Calpulalpan (transferido del estado de México a Tlaxcala en 1863 y de manera definitiva en 1874) eran tributarios de Texcoco y, por lo tanto, rivales de Tlaxcala. Al sur y al poniente se extendían los vigorosos señoríos de Cholula y Huejotzingo, también rivales de Tlaxcala. Como Tlaxcala, Huejotzingo no estaba sometido a los mexicas y realizaba con ellos guerras rituales para el sacrificio de cautivos. Al suroeste está el volcán La Malinche o Matlalcueye, después del cual estaba Tepeaca, aliado de Tenochtitlan y primer objetivo militar de Tlaxcala y Cortés en la campaña de 1520. Y al oriente, los intransitables e incultivables matorrales y el arenoso desierto.

La Tlaxcala colonial conservó ese territorio y la república liberal le añadió Calpulalpan. La Puebla de los Ángeles la fundó el obispo justo entre Tlaxcala y Cholula para no depender de ninguno de esos poderosos altepemeh, rivales entre sí. La Constitución de 1824 dejó a Tlaxcala el mismo tamaño que tenía en la división de intendencias del siglo XVIII. Entidades de la Federación posteriormente divididas fueron otras, sobre todo las más poderosas, o más federalistas: México, Yucatán, Jalisco y Zacatecas. Nunca Tlaxcala… pero no se lo cuenten a Zunzunegui, cuyos últimos “disparates” racistas contra Mesoamérica han sido puntualmente refutados por el historiador Harim B. Gutiérrez

De este cuento y de los anteriores se desprende el sexto y más nocivo, que pinta a los tlaxcaltecas como “traidores” por haberse aliado contra Tenochtitlan. Y es curioso que sólo se moteje así a los tlaxcaltecas y no, por ejemplo, a los acolhuas o xochimilcas que sí eran aliados de Tenochtitlan y a media guerra, en 1521, cambiaron de bando. No insistiré en lo obvio que señalé hace 15 días: la inexistencia de México y las similitudes con la Europa que salía de la Edad Media con altísimos grados de fragmentación política juzgados desde la óptica decimonónica de “Estado-nación”. Ya dijimos que, salvo excepciones, nunca existieron los estados así concebidos, sino construcciones histórico-sociales.

Porque la ideología que fundamenta a los imperios y a los estados-nación del siglo XIX (al menos a los de Europa y América) surge de una filosofía de la historia eurocéntrica que se remonta a san Agustín de Hipona y más atrás, en la que se cree que la historia sigue una ruta trazada, con un principio y un final predeterminado, con una fuerza motriz externa o ajena a los seres humanos. Una historia basada en esencias. Por tanto, si el nacionalismo mexicano tenía que construir esa ideología en torno –dijimos hace 15 días– a origen común, “raza”, territorio, religión, idioma, como se estaba haciendo en Europa, se les ocurrió que el origen de México eran las culturas originarias “condensadas” o “coronadas” en o por México-Tenochtitlan, y el proceso de “conquista y mestizaje”.

Es muy curioso: la idea de que MéxicoTenochtitlan es algo así como la condensación de la cultura que hoy llamamos mesoamericana es, ni más ni menos, que de Hernán Cortés, quien necesitaba convencer al rey Carlos de la legitimidad de sus acciones; de la necesidad, casi la obligación, de someter estas tierras. La segunda carta, fechada en Segura de la Frontera (Tepeaca) el 30 de octubre de 1520, comienza (tras salutaciones y explicaciones sobre una carta anterior que se habría perdido) recordando el número de villas y ciudades “que hasta entonces a su real servicio se habían ofrecido y yo a él tenía sujetas y conquistadas”, para contar de inmediato el viaje de Cempoala hacia Tenochtitlan.

Y toda esa carta tiene como propósito justificar las acciones del capitán en un momento en el que desde Cuba y desde España se cuestionaban sus actos, cuando habían muerto más de mil españoles y Cortés estaba fuera del valle de México con los que le restaban. Y ahí, Cortés inventa un imperio y un emperador que, según él, cedió al rey Carlos la “soberanía”. Cortés inventa el “imperio azteca” y sobre ese invento se tejió la historia, el cuento que nos han contado.

La otra fuente más influyente, Bernal Díaz del Castillo, que pretende ser un contrapunto no tanto a Cortés como a su panegirista López de Gómara, en realidad cuenta el mismo cuento: Nuestro Cortés, que “se portó muy varón”, es comparado con Julio César, Alejandro, Aníbal. Dice Guillermo Turner: “En una gran cantidad de obras literarias que se inician en el siglo XVI apenas existe un héroe de la antigüedad con el que no se compare la figura de Hernán Cortés.

Ahora se puede asegurar, con toda certeza, que esta idea es aplicable a gran parte de las obras historiográficas sobre la conquista de México escritas, cuando menos, por cronistas de la época.” Casi todos los escritores posteriores, desde fray Juan de Torquemada hasta Hugh Thomas, pasando por Clavigero, Chavero, Octavio Paz y Miguel León Portilla, repitieron el cuento, recorrieron el camino de Hernán Cortés, y decidieron que en nuestra historia había un origen: México-Tenochtitlan… y una desgracia o gracia divina: la conquista.

La manera de salirnos del discurso de la museografía del Museo Nacional del Bosque de Chapultepec, de la ideología nacionalista del porfiriato y del PRI, es precisar que no tenemos uno, sino múltiples orígenes, y que la historia ni se repite ni tiene vías trazadas