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La prisa por llevar la inteligencia artificial al aula

POR: Pablo Martínez

En poco tiempo, la inteligencia artificial pasó de ser una novedad tecnológica a convertirse en una nueva exigencia para las y los docentes; basta recorrer las redes sociales para encontrar cursos, talleres, certificaciones y diplomados que prometen enseñar a utilizarla en el aula, incluso comienzan a aparecer programas de posgrado especializados en inteligencia artificial y educación. El mensaje parece sencillo, hay que aprender a usarla cuanto antes para no quedarse atrás.

El problema no es que las y los docentes se capaciten, la formación permanente forma parte de la profesión; el problema aparece cuando una tecnología se convierte rápidamente en una obligación educativa sin detenernos primero a discutir qué necesitamos para incorporarla y qué consecuencias puede tener su uso dentro del aula.

Pareciera que estamos corriendo para aprender a escribir mejores instrucciones para una máquina antes de preguntarnos si existen las condiciones necesarias para utilizarla de manera crítica; no todas las escuelas cuentan con la misma conectividad, no todos los docentes tienen acceso permanente a internet ni tampoco todos los estudiantes disponen de computadora, teléfono adecuado o servicios digitales de pago. Hablar de inteligencia artificial como si las condiciones tecnológicas fueran iguales para todos puede profundizar desigualdades que ya existen en nuestro sistema educativo.

Pero existe otro problema menos visible: para utilizar críticamente la inteligencia artificial se necesitan precisamente muchas de las habilidades que podemos dejar de desarrollar cuando abusamos de ella. Una herramienta capaz de resumir un texto puede resultar extraordinariamente útil, pero si un estudiante todavía no sabe identificar las ideas principales de una lectura y delega esa tarea a la inteligencia artificial, el resultado puede ser correcto, mientras el aprendizaje nunca ocurrió.

Lo mismo sucede con la escritura. Una inteligencia artificial puede redactar un ensayo, corregir un párrafo o construir una argumentación en pocos segundos, pero para saber si ese texto es adecuado se necesita comprender lo que dice, identificar contradicciones, reconocer argumentos débiles, revisar fuentes, comparar información y relacionar las respuestas con la realidad.

En otras palabras, para utilizar bien una herramienta que puede leer, escribir, resumir y argumentar por nosotros, primero necesitamos aprender a leer, escribir, resumir y argumentar; esta paradoja debería ocupar un lugar central en la discusión educativa.

La inteligencia artificial puede inventar información, presentar referencias inexistentes e incluso ofrecer explicaciones aparentemente convincentes que contienen errores; también puede producir respuestas bien redactadas que simplemente no corresponden con el contexto de una actividad, una comunidad o un problema determinado. Por ello, no basta con obtener una respuesta, necesitamos tener los conocimientos suficientes para cuestionarla.

Resulta insuficiente repetir que las y los estudiantes deben utilizar la inteligencia artificial de manera crítica, ética y responsable. El pensamiento crítico no aparece automáticamente cuando alguien aprende a escribir un buen prompt; se construye leyendo, escribiendo, contrastando información, argumentando y, sobre todo, analizando la realidad.

También debemos preguntarnos qué estamos sustituyendo cada vez que utilizamos estas herramientas. Si una actividad busca desarrollar la capacidad de síntesis y la inteligencia artificial realiza el resumen completo, probablemente sustituimos justamente el proceso que pretendíamos enseñar; si buscamos desarrollar la escritura y la herramienta produce todo el texto, la entrega puede existir aunque el proceso formativo haya desaparecido.

Esto no significa prohibir la inteligencia artificial. Sus posibilidades educativas son amplias y puede ayudar a explicar conceptos de diferentes maneras, ofrecer retroalimentación, apoyar determinados procesos de investigación o facilitar el acceso a información; el problema comienza cuando confundimos utilizar una herramienta con aprender mediante ella. Utilizar más inteligencia artificial no necesariamente significa aprender más.

Quizá la pregunta correcta no sea cómo incorporar inteligencia artificial en todas las actividades, sino cuándo tiene sentido hacerlo y qué procesos de aprendizaje queremos conservar.

También deberíamos evitar convertir este problema en otra responsabilidad individual para el profesorado. Ante cada transformación educativa parece repetirse la misma fórmula, aparece un nuevo desafío y la respuesta inmediata consiste en pedirle al docente que se capacite, ahora mediante cursos, talleres, certificaciones, diplomados y posgrados que parecen advertirnos que quien no aprenda rápidamente quedará fuera de la transformación tecnológica.

La discusión sobre inteligencia artificial no corresponde solamente a las y los profesores. Las instituciones educativas necesitan establecer criterios y las comunidades escolares discutir sus usos, mientras cada disciplina tendrá que decidir qué procesos pueden apoyarse con estas herramientas y cuáles necesitan mantenerse como experiencias intelectuales realizadas por los propios estudiantes.

La escuela no necesita correr detrás de cada nueva tecnología, necesita formar personas capaces de decidir qué hacer con ella. Antes del prompt están la lectura, la escritura, la comprensión, la argumentación y el análisis de la realidad; enseñar a utilizar críticamente la inteligencia artificial también significa enseñar cuándo utilizarla, para qué utilizarla y, quizá lo más importante, cuándo es mejor prescindir de ella.