Eurípides ya sabía que íbamos a destruir nuestra libertad
Por Arturo Pozos Sol
Confieso que me he encerrado estas últimas semanas con Eurípides. Ese dramaturgo griego de hace 2,500 años que, para muchos, es solo un nombre en una lista de lecturas obligatorias de la facultad, empero, para quien decide abrir sus páginas se revela como un espejo brutal de nuestra propia realidad. Después de devorar sus tragedias, me quedé clavado con Las Suplicantes, debido a que esta obra ejemplifica que hay momentos en que el tiempo se vuelve cíclico. Mientras el mundo parece repetir sus errores más abyectos, uno abre las páginas de Eurípides y se encuentra con que hace dos mil quinientos años, alguien ya nos había advertido de nuestra propia decadencia.
El choque ocurre en el centro de la obra: el mensajero llega a Atenas buscando al amo, al dueño de la voluntad ajena, al tirano. «¿Quién manda aquí?», pregunta. Y Teseo, con la sobriedad, con la resistencia de un hombre ilustrado, responde: “La ciudad no está gobernada por un solo hombre; Atenas es libre”.
Ahí reside nuestra tragedia moderna.
Nos hemos acostumbrado a la comodidad de la obediencia. Vivimos en una época que ha prostituido el lenguaje hasta dejarlo vacío; hoy, llamamos «democracia» a la delegación absoluta de nuestra conciencia en manos de otros. Hemos distorsionado los significados, porque la libertad pesa demasiado, y es mucho más fácil buscar un mesías o un tirano, da igual el nombre que lleve, que nos diga qué pensar y hacia dónde caminar.
El mensajero de Eurípides no lograba comprender un sistema sin un amo. ¿Nos diferenciamos tanto de él? La política actual ha degenerado en un teatro de demagogia, ahora el ciudadano ya no necesita ni quiere participar, solo aplaude o abuchea, esperando a que el siguiente acto cambie el guion de su vida. Nos hemos vuelto expertos en exigir resultados sin querer asumir la responsabilidad de vigilar el proceso. Hemos permitido que el poder se concentre por abulia propia.
La tiranía no siempre se implanta en una sociedad a punta de espadas, por lo regular llega con el silencio y la inseguridad de opinar del ciudadano que ha dejado de leer, de cuestionar y de incomodar.
La vigencia de Eurípides es aterradora. La democracia, en su esencia, es una lucha constante contra la tentación del autoritarismo. Es el entendimiento de que nadie, absolutamente nadie, debe ser dueño de la palabra final en la plaza pública.
Quizás, la verdadera rebeldía en nuestros días no sea gritar o escandalizar con más viralidad en la red social de turno, considero que la verdadera rebeldía es recuperar esa capacidad ateniense de disentir. De no buscar salvadores. De entender que cuando cedemos nuestro juicio al capricho de un solo hombre estamos renunciando a nuestra humanidad.
La historia no se repite por azar. Existe una frase que versa: “Un hombre vive muy poco para aprender de sus errores”, entonces puedo decir que la historia se repite porque nos hemos olvidado de leer, de estudiar. Y en Atenas, como hoy, la libertad sigue siendo el único valor que no se hereda, es el único valor que no tiene dueño. Nosotros somos la libertad.

